sábado, 2 de marzo de 2019

A los pensantes del PAC

Llegó la hora cero para las corrientes democráticas y de avanzada del PAC, se terminó el tiempo  de seguir impasible y silencioso, testigo mudo de todo cuanto acontece en Venezuela; ha llegado la hora al brazo pensante del partido para decir lo que piensa, pues aunque se adverse al régimen de Maduro, los demócratas de cuerpo entero y chaleco brillante sabemos que el fin no justifica los medios, que la paz no se entrega a la primera asonada del hostil y calenturiento filibustero, Trump, sabiendo que las intenciones de él, sus razones, son las de apropiarse por la fuerza y la intimidación del petróleo, de los minerales y de otros recursos naturales al precio que sea, asunto absolutamente inadmisible a la moralidad democrática  que siempre debe acompañar la gestión política.  

Porque nuestra lucha y sus métodos contra el pensamiento autoritario y sus formas políticas se legitiman en la medida en que se justifiquen moral y éticamente, asunto que se viene abajo con el aguacero de las amenazas guerreristas de Trump y de su títere Guaidó, este último figurilla de un gobierno fantasma que ni canciller tiene, que no tiene territorio, y cuyo único apoyo proviene de los militares de Trump, y de una orquesta que él mismo dirige a su completo arbitrio y antojo, es que las energías pensantes del PAC deben manifestarse y actuar ante la URGENCIA de ser testigos ahora de un eventual estallido de guerra en nuestra región de inimaginables consecuencias.

Frente a la actitud  mafiosa del régimen autoritario de Trump que, como todos sabemos, y no debemos hacernos los desentendidos, lo preside un ser absolutamente inmoral, con rasgos psicóticos, a quien no le importaría incendiar hasta los huesos “su” tio trasero, es que el pensamiento democrático del partido no debe seguir en silencio.  

En el PAC sabemos que  el diálogo y la negociación, que la democracia y la paz, son principios no negociables y que la consulta al pueblo, sea unas elecciones generales prontas y libres, son en Venezuela las llaves para destrancar el grave conflicto, no bajo un régimen de Guaidó, sino bajo un tutelaje neutral asumido por las Naciones Unidas. Frente a tanta angustia e incertidumbre el músculo pensante del PAC debe hacer sentir su parecer, como levantando aquella voz de Joaquín García Monge que tanta honra y gloria dio a nuestra patria.

https://www.elpais.cr/2019/02/24/venezuela-a-los-y-las-pensantes-del-pac/

Mi querido Presidente se equivoca


Querido Presidente
Sepa que lo tengo a usted en alta estima y no me arrepiento de haberlo apoyado para que llegara a ser nuestro gobernante. Sigo pensando que una victoria del candidato religioso nos hubiera hundido en un santiamén. Sin embargo, con  lo de Venezuela, estimado Presidente, usted dio un salto moralmente injustificado en el vacío y políticamente incomprensivo.

La historia abunda en ejemplos de cómo seres humanos inteligentes y de buen corazón erraron en grande en el ejercicio de la función publica, y de cómo no vieron lo evidente y lo correcto. Pero no por ello lo voy a insultar o a denigrar, como acostumbran hacerlo sus críticos de izquierda, los de la derecha religiosa  y no pocas medusas del conservadurismo tradicional.

Como ciudadano me asiste el derecho a criticar su labor, y siento además un deber en hacerlo por haber considerado su propuesta política como democrática, de centro y progresista, que es lo que conviene a Costa Rica, porque tanto usted como yo amamos a nuestra patria, por lo que es una obligación que nos honra mantenerla en la ruta de la democracia, la paz y el progreso.

Usted y yo coincidimos en que el régimen de Maduro es nefasto. Sobre esta valoración en particular he abundado. Los amigos de la izquierda se irritan conmigo. Pero eso es otra historia. Lo cierto es que las razones de Trump para intentar derrocar al presidente venezolano se encuentran en las antípodas de las del demócrata consecuente. Las razones de Trump son groseras, racistas y neocolonialistas. Usted lo sabe muy bien. Trump no tiene en mente la liberación de Venezuela sino su saqueo, su expoliación, para convertirse él en el supremo y soberano usurpador.

Trump revive ahora los momentos más aciagos del “Destino Manifiesto”, doctrina racista, pérfida, que mucho dolor y mucha sangre costó y cuesta a los pueblos de América Latina y el Caribe. Usted lo sabe muy bien.  Las razones de un demócrata para querer un cambio en Venezuela son totalmente incompatibles, de cabo a rabo, con las perversas letanías de Trump.

Un demócrata consecuente no está contra Maduro para robarse el petróleo ni los abundantes minerales de Venezuela; un demócrata consecuente no entrega la soberanía de su patria. Un demócrata consecuente lucha por la libertad y la democracia, por los intereses de las clases trabajadoras, por la emancipación social de toda la nación, y por la superación espiritual de su pueblo a través de la ciencia y la cultura. Absolutamente nada de esto promete Trump, quien es un personaje al que no se le puede llamar presidente ni señor sino ladrón, timador y filibustero. ¿Se enorgullece usted, señor Presidente, de ser socio de un tipo tan despreciable y ominoso no solo para el pueblo de los Estados Unidos sino también para la humanidad entera? Comprendo que usted como Presidente de la República no puede decir ciertas cosas porque su deber es el de procurar relaciones dignas y estables con los Estados Unidos. Pero tampoco se las esconda a su conciencia.  Meditelas. Haga un esfuerzo.

Hay gente en Venezuela y en el mundo que adversa a Maduro, gente que es ruin e inmoral; así también existimos  quienes con responsabilidad y dignidad abogamos por su salida. Pero hay un detalle, señor Presidente, que no debemos pasar por alto: ni usted ni yo somos ciudadanos venezolanos.  

Lo de Venezuela lo deben resolver los propios venezolanos, es un asunto exclusivo de ellos, la malquerencia rencorosa entre sus políticos es un  intrincado dilema que uno no sabe cómo el pueblo venezolano lo resolverá, pero que solo a él toca resolver. Nuestro deber no es diligenciar las broncas entre venezolanos, y sí es lo nuestro mediar cuando todas las partes en conflicto lo pidan, porque es nuestra vocación acompañar a los pueblos en sus congojas.  

Entonces, ¿se vale todo? Usted sabe la respuesta, yo también la sé. Ningún acto político existe -menos uno que provenga del gobernante- desprovisto de su interrogante moral.  En otras palabras: el acto político es imposible en un vacío moral. De ahí que pensar la política únicamente como la producción y acumulación del poder sea muy distinto a proponerla como la posibilidad de hacerle el bien al prójimo, al “otro”. Sí, por supuesto, tengo en mente al filósofo francés, post holocausto, Emmanuel Lévinas, quien junto a Derrida deben ser autores de cabecera para todo gobernante que se precie de demócrata. Dice Lévinas: “el arte de prever y ganar por todos los medios la guerra -la política- se impone, en virtud de ello, como el ejercicio mismo de la razón.  La política se opone a la moral, como la filosofía a la ingenuidad.”  Por eso el ejercicio del poder es una paradoja: si bien es cierto que dicho ejercicio es para el político como el motor de sus deseos, conviene también desacelerar los mismos en favor de los argumentos y la praxis ética.  Porque el gobernante culto y demócrata reflexiona sobre la moralidad de sus actos ante sus conciudadanos. Los actos morales y las concepciones éticas colectivas deben airearse, debatirse, porque más allá de la abundancia institucional, la democracia debe crear las condiciones de su abundancia cultural y libertaria.

El poder político sin obstáculos éticos es pura arbitrariedad, un agente oportunista, como la que asiste a nuestra desastrosa política exterior que se derrumbó innecesariamente en el affaire venezolano. Es decir, nuestra política exterior ha devenido en cuestión de pocas semanas en inmoral, en una sin norte ético.

A decir verdad no lo puedo criticar a usted, Presidente, con toda la justicia debida porque en este actuar su despacho exhibe un defecto: usted no ha hecho del conocimiento general los argumentos, las reflexiones, para fundamentar éticamente sus decisiones que permitieron que Costa Rica se plegara al carrousel del Grupo de Lima, al reconocimiento del “gobierno” fantasma de Juan Guaidó, y a la implícita aprobación de las tácticas aberrantes de Trump. Sin embargo, este lamentable bache no es óbice para sobrevolar con tino lo decidido por su gobierno. En todo caso, todos tenemos una responsabilidad compartida para dar con lo ético, con lo correcto, que es lo que me propongo sugerir. Lea, por favor, lo que con todo respeto le voy a narrar, que simplemente es mi lente moral y ético, y provisto de una emocionalidad que no puedo evitar.

“Cuando los europeos (épocas en que la idea de Europa aún no cuajaba) invadieron las Américas desde el siglo XV, llegaron a nuestras costas directamente a robar con caballos, pólvora y espadas, con borrachos y curas, y luego con puritanos y Biblias.  Nunca Isabel y Fernando, ni los que siguieron, pensaron necesario adquirir las tierras ajenas por la vía diplomática, ni enviar embajadores preguntándole a los nativos por el nombre del gobernante del lugar y con él negociar la adquisición de dichos dominios. ¿Cómo pudo ser de otro modo si eran unos malandros? ¿Cómo no si nunca le preguntaron a los indígenas si querían vender lo que les pertenecía?

Pero tampoco fue un accidente. Cuando los invasores llegaron a América, lo hicieron provistos de una identidad racial blanca ya puesta a prueba contra los judíos, los moros y los gitanos, y también irrumpieron con una teología aberrante capaz de justificar hasta el genocidio. Este paradigma teológico-racista de la política europea se trasplantó con violencia a toda América. Españoles, portugueses, ingleses, y holandeses, todos, nos invadieron bajo dichas draconianas premisas, adornadas con el mote “cristiano” de la salvación.

¿Sigue vigente tan macabro paradigma? Por supuesto que sí y la prueba es Trump. Cuando este energúmeno decide apropiarse a la brava de Venezuela, con el mismo descaro con que los Puritanos lo hicieron en el norte de América en el siglo XVII, la maldición de dicho paradigma sigue cayendo a torrentes sobre los rostros de los pueblos de color, con la consabida complicidad de no pocos criollos que se emblanquecieron y pudrieron con la corrupción.  ¿Qué otra cosa puede ser Guaidó más que un emblanquecido traidor? Violar con sevicia a Venezuela es el acto delincuencial de Trump y Guaidó, y este último, no es otra cosa que el verdugo menor de tan bestial acto. La violación imperial de la Patria de Bolívar es el fondo del asunto, lo que blande el nacionalismo blanco, cuasi fascista, en contra del mal gobierno del presidente Maduro.

Pero mi anticomunismo no me ciega.  No puedo estar de lado de los supremacistas blancos como Trump, porque para ellos nuestros pueblos son cosas desechables, incluyendo los pueblos de color estadounidenses; para él (Trump) somos despreciables, portadores de infecciones, incluidos los traidores emblanquecidos, muñequitos que se pueden quemar y reciclar a merced y a gusto del tirano blanco.

Eso es Guaidó: un títere emblanquecido  por la mierda, que pide la intervención militar a través de una gran e hipócrita farsa que llaman “ayuda humanitaria”, puesta en escena para crear incidentes y justificar una y mil intervenciones militares.  A Jesús veo diciéndoles a los Trump y a los Guaidó “¡Ay de ustedes, escribas y Fariseos, hipócritas que son semejantes a sepulcros blanqueados! Por fuera lucen hermosos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia.”  Hipócritas que son, que ni lágrimas de cocodrilo tienen para los dolores y partos de miseria en Honduras, o en Haití, o en Puerto Rico, naciones aplastadas por el oprobio del racismo, naciones negadas de democracia y autodeterminación.  Me niego a ser parte de este circo mediático que pone al descubierto la maldad de ciertas y poderosas élites blancas de Europa y los Estados Unidos.

Uno de los más grandes intelectuales del siglo XX en los Estados Unidos, W.E.B. Dubois, eminente sociólogo y Pan Africanista, dijo en 1924:  "El problema del siglo xx es el de la línea divisoria del color". Mucho antes, en 1856, estuvimos a punto de ser esclavos por no ser “blancos”, constructo social ideado por los explotadores. No es hasta adentrado el siglo XX, en 1953, cuando los negros pudieron votar por vez primera en nuestro país. El siglo XXI, hoy, parece signado por las emblemáticas fronteras de los poderosos de Europa y los Estados Unidos para convertir a los continentes “pobres” en auténticos guetos, en monumentales prisiones para los desheredados de la Tierra. Nos recolonizan para robarnos y oprimirnos, igual que lo hicieron hace siglos los primeros conquistadores.

Toda esta recolonización de Venezuela no la agradecen los pueblos de color de los Estados Unidos. Los afrodescendientes no olvidan el secuestro y el sufrimiento de millones de africanos convertidos en esclavos, ni los latinoamericanos que vivimos al sur del Río Bravo ni los que lo hacemos en los Estados Unidos (ciudadanos o no del imperio) podemos echar por la borda nuestra memoria histórica que dolorosamente evoca el despojo del 55% del territorio mexicano, ni la ocupación de Nicaragua, ni la de Haití, ni la de Panamá, ni de la República Dominicana, ni la de Puerto Rico, ni la de Cuba; tampoco se ha de olvidar la cruenta historia de golpes de estado auspiciados directamente por Washington. Los “arios” nos han herido desde siempre y ahora nos siguen hiriendo, nos ruegan amnesia y servilismo. Ni uno ni lo otro. Se prohibe olvidar para no ser serviles. En Costa  Rica es hora de releer nuestra historia para que se entregue a nuestras mentes un nuevo discurso liberador, afín a nuestra hora y a nuestra libertad. Lo de Venezuela, ciertamente, nos despierta y nos alerta de los sinuosos caminos que podemos enfrentar.

¿Qué pudo haber hecho Costa Rica a propósito de Venezuela? No otra cosa que ser fiel a su tradición pacifista. Los costarricenses estamos orgullosos de ser una democracia desarmada y pacifista. Somos una democracia que apuesta por el diálogo y la racionalidad, por la buena voluntad en la resolución de los conflictos. Uno esperaría que todo este arsenal ético, tan propio de los costarricenses, se hubiera reflejado en una política exterior moralmente constructiva y latinoamericanista. Pero seguimos la senda equivocada. Le hemos echado más gasolina al fuego. Nos hicimos alfombra de Trump de la mano de impresentables como Jair Bolsonaro y Juan Orlando Hernández. Cuando apenas empezaba a escribir este texto tuve noticias de que un grupo de hampones venezolanos, dirigidos por la sinverguenza María Farías, asaltaron la embajada venezolana en Costa Rica. Nuestra cancillería protestó pero eso no es suficiente. La expulsión de nuestro territorio de estos malandros es un imperativo para poner coto a los desmanes de estos “emblanquecidos”. Nuestro país cayó en el ridículo.  Entonces, ¿quién manda aquí, los hampones venezolanos o el gobierno nacional? No debemos ni podemos olvidar la gloriosa máxima pronunciada por Benito Juárez: «Entre los individuos, como entre las Naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz»

No podemos caer en la amnesia. La memoria histórica es sagrada.  Lo del filibustero William Walker, asunto que hoy tiene que ver con la crisis venezolana, debe contarse con pulcritud y honradez. ¿Qué hicimos los costarricenses en la gran Campaña de 1856? Ni más ni menos que derrotar al imperialismo. Derrotamos los intentos de Walker para anexar nuestra tierra a la estructura esclavista y racista de los Estados Unidos. Derrotamos sobre el terreno a la Doctrina Monroe y a la del Destino Manifiesto. Aquí como en Nicaragua existieron los criollos “blanqueados” que se arrodillaron ante el imperio; son los mismos que aquí, después de la guerra, fusilaron a Juanito Mora. Son los mismos que en Nicaragua coronaron de laureles al opresor de Walker. Antes que el cipayo blanqueado de Guaidó se autoproclamara presidente por encargo, antes lo había hecho Walker en Nicaragua por obra de “la providencia” y los traidores. Walker abolió ahí la prohibición de la esclavitud e impuso el inglés como idioma oficial, junto al castellano. Esas, y no otras, eran las perspectivas para Costa Rica. La disyuntiva de Venezuela hoy la ha impuesto el imperialismo. No podemos permitir que Trump siga inflamando el paradigma racista en nuestro continente.  Con el comunismo y, en particular, con el castrismo, me asisten graves diferencias. No obstante ello, es un deber hacer causa común con todo aquel ciudadano digno que enfrente la recolonización de nuestros pueblos, porque no hay que ser comunista ni admirador del Che Guevara para defender la independencia de América Latina, como así lo hicieron Augusto César Sandino y Pedro Albizu Campos, próceres de Nicaragua y Puerto Rico respectivamente.”



Señor Presidente, esto es lo que le quería contar, compartir con usted mi desilusión ante la pésima política exterior de su gobierno. No refleja lo que históricamente hemos sido: una democracia especial y duradera. Lo de Venezuela es para mi un asunto moral y de principio. Tenemos un prestigio (que no sé cuánto más vaya a durar) que nos hubiera permitido defender los principios de la libre autodeterminación de los pueblos y el de la no intervención en los asuntos internos de otros Estados, no poca cosa que nos hubiera facultado para abogar por el diálogo y la paz, pero parece que este capital moral lo hemos echado por la borda.  Usted está muy joven y le queda mucho por aprender, y sería muy ingrato que usted pasara a la historia como un cómplice del avieso Trump. Usted, tanto como yo, compartimos un repudio hacia los regímenes autoritarios de izquierda, pero el fin no justifica los medios, porque los medios deben pertenecer al terreno de la moralidad, no solamente los objetivos o los fines. La lucha por la democracia y la justicia social tiene fundamentos morales como éticos, y no es conveniente que la doctrina racista del “Destino Manifiesto” sea admitida, porque atenta contra la dignidad de nuestros pueblos latinoamericanos. No se agache. Examine su conciencia y rectifique. Se lo pido porque usted es el Presidente de todos los costarricenses.

https://www.elpais.cr/2019/02/21/mi-querido-presidente-se-equivoca/

martes, 12 de febrero de 2019

De las utopías


Parafraseando una triste aventura de Mao, China dio exitosamente un “gran salto adelante” con la reconversión de su economía en capitalista, hecho que se inició a mediados de los 70 del siglo pasado.  Si los “mandarines” del partido comunista no cambiaron de nombre, es porque su autocrática burocracia consideró que la construcción capitalista sólo podía darse con una China unida, celosa de su integridad territorial y un mando hipercentralizado. ¿Qué mejor que el Partido Comunista?   ¿Acaso el capitalismo chino y su dictadura no han sido exitosos?
Poco se dice que Deng Xiaoping preparó, sin plena intención, una oleada que en el futuro iba a dar cuenta del derrumbe del muro de Berlín y de la desintegración de lo que hasta entonces fue la Unión Soviética. En todo caso, el discurso utópico chino se ha atemperado, se permite apenas lo suficiente como para que el parque de ilusiones no apague sus luces y la foto de Mao reluzca en el corazón de la plaza Tiananmen.
Considero conveniente afirmar, sin embargo, que la gran utopía política de los siglos XIX y XX, la marxista, no se encuentra en proceso de morir porque ya es cadáver, y los cadáveres no resucitan, porque su caballo de batalla (la dictadura del proletariado) los hechos la probaron inviable desde cualquier arista que convenga verse. La experiencia marxista transitó muchos caminos y décadas, y al final de su hercúlea jornada se quedó sin futuro. Estas son las muertes definitivas. El marxismo revolucionario yace muerto pero no así, parcialmente, el voluminoso espíritu de la obra de Marx, cuyo eje viviente se encuentra en sus obras filosóficas de juventud.
Al genio de Lenin lo doy por irremediablemente perdido, como los oprimidos perdieron a Stalin y los ingenuos a  Trotsky. Este último -un ser humano extraordinariamente culto y aventurado- quizá haya sido, en las cumbres del bolchevismo, el que permaneció fiel  a la muy optimista consigna de la revolución mundial que tanto irritaba a Stalin, su verdugo. Pero quizá hayamos aprendido que los paraísos jamás pueden ser impuestos, que los profetas no son dictadores y que a  los pueblos hay que consultarlos cuando siempre se requiera.
Los estalinismos en Moscú o en Beijing virtualmente monopolizaron el discurso de la emancipación social. Con los dramáticos tsunamis antiestalinistas casi todos los discursos optimistas se fueron al basurero, los falsos y los auténticos. No es que únicamente hayan dejado de ser una moda; todavía hoy se sigue descalificando con rencor todo intento fresco y democrático para establecer otras propuestas utópicas, atacadas con el venenoso muro del repudio y la burla. Un muro sustituyó a otro, y otros endriagos emergieron. La hidra es dura de matar y su aquelarre sigue encendido.
El cristianismo, la gran utopía moral desde hace dos mil años, tampoco ha escapado al rugir de las agrestes circunstancias de hoy, pero con la inconmensurable diferencia respecto a otros discursos utópicos de que éste permanece inquebrantable por ser uno de dimensiones colosales, arquitecto de la Civilización Occidental.
El cristianismo es la identidad fundamental de Occidente, y es el marco de referencia, para bien o para mal, de los dilemas morales de nuestra civilización. El cristianismo es herencia judía, herencia helénica y herencia romana.  La fe cristiana sigue siendo en Occidente la madre de todas las utopías morales, fenómeno del que se ha nutrido nuestra cultura, más allá de la dicotomía “creyente-ateo”, detalle éste bastante marginal en cuanto al dilema utópico.
El mundo recordará como trágica la apropiación estalinista del mundo de las utopías. El efecto ideológico no solamente fue un desastre para las dictaduras comunistas, también lo fue para los pequeños focos  democráticos que todavía bregaban por la revolución social. Ejemplo: el anarquismo. No solamente fue el anarquismo un “daño colateral”, sino también cualquier otro sentimiento liberador de los marginados del planeta. La misma socialdemocracia se fue desdibujando de utopía, vaciando de optimismo, al punto de que hoy se ha vuelto cómplice en muchos lugares de pesadillas políticas. El efecto desmoralizador del neoliberalismo sobre los pueblos es alucinante, pues han anexado a sus cadenas el derecho a soñar, y minimiza los actos de querer y hacer los sueños que las comunidades sueñan, recordando uno siempre que los sueños egoístas y carentes de amor fraterno no son sueños.  
La victoria del capitalismo depredador no fue solamente material, también lo fue ideológica, dando vuelo a toda suerte de teorías sociales “darwinianas” capaces de dar por buena la postración moral de los oprimidos del mundo. Los ribetes histéricos de los nuevos amos del mundo no cesan de responsabilizar a las víctimas de la barbarie social que sufren. Uno es el hecho: en este periodo histórico que nos toca vivir, los discursos sociales democráticos y emancipatorios se encuentran en el duro exilio del desierto, de donde estoy seguro brotarán otros nuevos, ciertamente profundamente antiautoritarios y de radical vocación democrática. Si se quiere, la utopía requerida es una “indisciplinada”, que abjure de lo “totalizante”, que transpire libertad, para no tener que recurrir al discurso distópico de George Orwell, Aldous Huxley y Ray Bradbury, que magníficamente denunciaron la tétrica sombra del totalitarismo en sus obras  (1984, Un mundo feliz, y Fahrenheit 451, respectivamente), asunto frente al cual hay que estar en permanente aviso. Coincido, en todo caso, con el controversial teólogo español Juan José Tamayo, quien afirma que “la utopía es el motor de la historia” porque “sin ella la humanidad se hubiera detenido en un pasado a-histórico y la vida de los seres humanos sería un viraje a ninguna parte sin norte. Sin utopía en el horizonte se impone la barbarie.”
Sospecho que la ética cristiana tendrá un sitio de honor en el advenimiento de nuevas utopías, porque es el cristianismo en Occidente la mayor de las utopías morales que, pese a las crueles adversidades que provienen con fuerza hasta de las mismas instituciones religiosas, tiene un porvenir asegurado. Las tormentas no son eternas, valga decir, y mientras el ser humano siga siendo humano, estará atado a su necesidad libertad y al constante replanteamiento de sus utopías.

https://www.elpais.cr/2019/02/12/del-discurso-utopico/

miércoles, 6 de febrero de 2019

Oscar Arias denunciado

El abuso sexual (en todas sus manifestaciones) es un mal universal propio del milenario arquetipo patriarcal. El patriarcado es una ideología de dominación que colectivamente hay que ir desdibujando.
El abuso sexual es un campo radicalmente desigual de guerra, donde el abusador le declara la violencia a sus víctimas. Los estragos físicos y emocionales son devastadores. Las víctimas se resisten -con mayor o menor fortuna- pero todas tienen en común el sufrir de haber sido “cazadas” por uno, o, más depredadores.
Casi ningún perjudicado miente; ni hombres, ni mujeres, ni niños. En todo caso, son las mujeres y los menores, la casi totalidad de los agraviados. Cuando se delata a la “cultura patriarcal” se denuncia lo que ha sido una norma social de opresión que se pierde en el tiempo, a saber: el ejercicio de la fuerza y la intimidación del masculino en contra de las mujeres y otros sectores vulnerables. De ahí que el debate liberador de género y la educación de género, ambas combatidas por los conservadores de lo injusto, sean urgentes, de la mayor trascendencia social en Costa Rica y en todo el orbe.
Esta patología es planetaria y se encuentra presente en todos los tiempos, en todos los sistemas políticos y en cualquier parte del mundo; pero, sobre todo, es un comportamiento odioso, belicoso, inaceptable, y que hoy debe tratarse correctamente como lo que es: un delito, que hiere profundamente el tejido social y que ahonda la oquedad histórica entre la mujer y el hombre. La justicia de género es todavía una deuda que la humanidad tiene con las mujeres y con otros sectores vulnerables del enjambre social.
La denuncia en contra de Oscar Arias es, por lo dicho, creíble, digna de trámite, porque aunque todavía no haya una sentencia definitiva de juez, las probabilidades son muy altas de que el expresidente haya violentado la normativa penal. La víctima y el país no son responsables de que el denunciado sea una figura pública muy renombrada, de que haya sido laureado con el Nobel de la Paz y de que sea un expresidente de la República.
Ciertamente don Oscar tiene derecho a ejercer su defensa y los jueces a dictaminar sobre la base de la verdad real, sobre el fundamento de los hechos probados. En el tiempo de las comunicaciones virtuales, ser figura pública conlleva todavía más una responsabilidad pesada, pues casi de inmediato cualquier objeción a su vida privada y pública se convierte en debate en las butacas de la opinión publica. Ser figura pública no es un asunto sólo de deleites; la fama también acarrea responsabilidades y consecuencias pesadas.
Las denuncias valientes son difíciles y arriesgadas. La gran mayoría de las víctimas no denuncian por pena y temor; se sobrecogen ante el espanto de una autoridad descomunal, poderosa e ilegítima en todo sentido. El acoso sexual es un acto violento y despótico. No existe en el mundo ningún sistema social libre de dicha crueldad. Es un grave problema para los costarricenses y para toda la humanidad.
Esta valiente denuncia en contra del expresidente tiene tres virtudes: 1. busca justicia para la víctima; 2. anima a otras víctimas a encontrar el coraje para denunciar; 3. le anuncia a los abusadores “poderosos” que ni el dinero ni el privilegio político son refugios de la impunidad. El silencio se terminó. “Yo te creo”.

http://www.elpais.cr/2019/02/06/oscar-arias-denunciado/

viernes, 1 de febrero de 2019

Frío en Boston

No es el acabose. No estamos sumergidos en la pesadilla ártica de Chicago. En Boston la historia es otra. En todo caso, hay que abrigarse de pies a cabeza, con técnica. Hoy, a la hora que esto escribo, la temperatura es de 4.44 bajo cero celsius, con una sensación térmica de -10.55 debida, creo yo, a los helados vientos. Dice una crónica periodística: “Esta semana en Chicago (...) si se tiende una camiseta lavada, en 20 segundos está tiesa como una tabla. Las temperaturas son tan bajas que, al lanzar al aire un chorro de agua hirviendo, no alcanza a tocar el suelo antes de congelarse”. Temperaturas de hasta -40 centígrados lo explican.

En Chicago hay toda una emergencia y se solicita a sus residentes no salir de sus hogares a riesgo de morir. En Boston, a pesar del crujiente frío, el crujir no es tan extremo, y uno sabe que existe una fundamental normalidad cuando el cartero sigue cumpliendo con sus religiosas responsabilidades.

Ayer, entre un memorable frío, después de mi trabajo, fui al hospital, al Beth Israel,  donde me realicé un ultrasonido; la consulta estaba llena como cualquier otro día. Lo incómodo es deshacerse de tanto envoltorio que tuve que deshojar como a una margarita, ante la mirada benévola de una amable operadora. Un dia muy frio se alegra con una buena noticia. El doctor me dice que estoy bien, no más que debo controlar la grasa y bajar de peso.

De pronto medité en lo afortunado que soy en tener un seguro médico. Aquí no es como en Costa Rica.  Aquí la medicina es un negocio privado. No pocos millones de estadounidenses sufren por no tener acceso a un seguro de salud. El movimiento por un sistema universal de medicina social sigue creciendo, y esta causa encierra una aspiración que en inglés se dice “single payer system”, que espero siga creciendo  imparable. En Massachusetts, a nivel federal, absolutamente todos nuestros senadores y representantes apoyan esta revolución. El senador Bernie Sanders, un vecino de Vermont, es todo un icono por estos lares.  

Del hospital salí camino al centro de Boston, en dirección al Boston Common, el primer parque público que tuvo la ciudad, muy hermoso. Tomé el tren, la llamada línea roja.  Voy a encontrarme con mi amiga Nancy para asistir a una actividad de la facultad de Derecho de Suffolk University, y que tiene que ver con los derechos humanos de los pueblos indígenas de Guatemala, particularmente en atención al acceso a la radio comunitaria.  La clínica es muy buena. La integran profesores y estudiantes que acompañan a las radios comunitarias indígenas en sus demandas ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, ubicada ésta en Washington D.C.  

No es un secreto la aversión de los Estados Unidos a firmar tratados internacionales relativos a los derechos humanos.  Menos ahora. Por ejemplo, Washington nunca suscribió la Convención Americana de Derechos Humanos, por lo que resulta estimulante, pese a ello, que en la academia exista un interés serio en aprender cómo funciona el sistema interamericano de justicia.  Pese al frío la actividad estuvo concurrida.

De vuelta a casa, en el tren, de reojo observaba los rostros serios, ensimismados, introvertidos, del bostoniano común. Proverbial es que por aquí las bajas temperaturas ni paralizan ni intimidan. Existe una cierta timidez reservada a la tenacidad de carácter, a una voluntad industriosa propia de Nueva Inglaterra. Probablemente ello tenga que ver con la traducción mental de las temperaturas bajo cero, con la controversial y dura conquista de una naturaleza hostil y del injusto pero trabajoso sometimiento europeo de los pueblos indígenas.

Todo ello requirió de los puritanos de un esfuerzo mental titánico, de una actitud emprendedora cercana al hierro, y de una gramática gesticular severa. Antes de pedir un servicio o un favor, uno debe estar seguro de lo que uno busca o quiere; pero ello no es suficiente, hay que saberlo decir, entre más al punto es algo que se agradece en privado o en público.  Es lo que he llegado a denominar “sinceridad funcional”.

Un “proyecto” importa mucho, por pequeño que sea; el resultado también importa, porque de todo ello brota una satisfacción muy íntima. De ahí que no sea de extrañar que en este lugar Trump tenga una pésima reputación, al que se considera un viejo inútil, achacoso y estúpido, un bueno para nada.  ¿Podía ser menor siendo Boston el hogar de John F. Kennedy?

Boston es cuna de finezas y rebeldías. Cesto del trascendentalismo de Emerson, del anarquismo de Thoreau, y trinchera del abolicionismo de William Lloyd Garrison. Una vez Thoreau paró en la cárcel por no pagar impuestos, ello para no contribuir a la guerra que Estados Unidos impuso a México, asunto contrario a su moral. La tradición cuenta que Emerson lo visitó, y al verlo encerrado entre rejas le preguntó “qué haces ahí dentro”, a lo que Thoreau replicó “y tú qué haces afuera”.  

Los fríos cuentan una historia, muchas historias, y sus vientos o el calmo aire, le dan vuelta a cada página. Es una pequeña memoria de untico en Boston, en unos momentos bajo cero.

https://www.elpais.cr/2019/02/01/frio-en-boston/

jueves, 24 de enero de 2019

Memorias ateas



En 1997 tuve la oportunidad de conversar con Nexhmije Hoxha, entonces viuda del exdictador comunista albanés, Enver Hoxha. La señora había llegado a Washington (la capital) a propósito de una invitación que le hicieron llegar académicos estadounidenses curiosos en valorar la obra de su marido.

Tuve la suerte de haber sido invitado a dicho evento, pero más ventura me acompañó al participar de una tertulia, casi íntima, con la viuda en un hotel cercano a Dupont Circle. Mi curiosidad no era nada para menos: soy cristiano. La  señora Hoxha adivinó rápidamente mi interés por la situación de la religión en el país de ella, particularmente la referida al largo periodo de ateísmo oficial impuesto a la nación albanesa.

Quiero decir -sobre todo para los jóvenes lectores- que Albania fue liberada del yugo nazi en 1944, bajo la guía militar y política del “camarada” Hoxha, líder, junto a otros, de los partisanos albaneses. Desde 1945 hasta 1985, Hoxha y su Partido del Trabajo de Albania, controlaron el destino de millones de seres humanos y de no pocas generaciones. La entonces República Popular de Albania nació como producto de una guerra de liberación nacional, antifascista, que prendió entonces con furor en la región de los Balcanes, estableciéndose entonces una férrea dictadura  estalinista.

Volviendo a la señora Hoxha, una mujer elocuente, profesionalmente formada como pedagoga y guardiana de la ortodoxia marxista-leninista, conforme a los dictados de su marido, tuvo el ímpetu -en la ocasión en que la conocí- de explayarse en aspectos históricos de la revolución en Albania, en el mundo y, en particular, hizo referencia a las muy tormentosas  relaciones de enemigo que su marido contrajo con las extintas Unión Soviética y Yugoslavia, y con la China reformista de Deng Siao Ping y la Corea de Kim Il Sung.

Así que la señora Hoxha no era simplemente una informada dama empeñada en defender el legado de su difunto esposo, pero era ella en si misma historia viviente y testigo privilegiada de episodios extraordinarios de la Guerra Fría y la gran guerra intracomunista a nivel mundial. De lo que me comentó se desprendió, claramente, que las relaciones a nivel de gobierno entre los Estados comunistas, no fueron conflictivas sino infernales. Bueno, pero esto es tema para otro comentario.

En lo que interesa a este artículo, yo le pregunté a la señora Hoxha sobre el Estado ateo, sobre el cierre de templos y mezquitas, y sobre el significativo grado de exclusión social que sufrieron los creyentes albaneses de cualquier religión. Porque en 1967 Enver Hoxha se pavoneó ante el mundo como el artífice del primer Estado ateo en la historia de la humanidad, Estado que por el simple hecho de creer en privado la persona se hacía objeto de persecución y sanción.

El relato de la señora Hoxha partió de un antecedente cierto: Albania fue sin duda una sociedad semifeudal, muy atrasada y prácticamente analfabeta, lo que justificó -en sus palabras- la expropiación absoluta de los bienes de la Iglesia, especie de cómplice de ese status quo durante siglos. Entonces, procedió el Estado a cerrar dichos espacios para dedicarlos al deporte y a la cultura; había que hacerlo -según ella- en nombre de la alfabetización, la ciencia y la verdad marxista-leninista.

Recuerdo muy bien que la señora Hoxha no pudo entenderse con las buenas razones capaces de explicar el impresionante resurgimiento del sentimiento religioso con la debacle del comunismo albanés. Después de todo, no fueron pocas las generaciones que se formaron bajo el alero de un autoritario dogma ateo. Igualmente, la señora Hoxha fue esquiva cuando le pregunté acerca de los miles de torturados, encarcelados y ejecutados por razones estrictamente de fe, aunque admitió que existieron excesos no atribuibles a su exmarido

El artículo 37 de la Constitución albanesa de 1976, la segunda y última del periodo comunista,  decía lo siguiente:
"El Estado no reconoce ninguna religión, y apoya la propaganda atea para implantar una perspectiva materialista científica mundial en el pueblo".  El código penal de 1977 condenaba a prisión -de tres a diez años- a quien desplegara "propaganda religiosa y la producción, distribución o almacenamiento de literatura religiosa”.

Ha de entenderse que en la República Popular Socialista de Albania la visión de la vida se dividió oficialmente en dos partes antagónicas: una supuestamente científica (el pensamiento Hoxha) y la otra religiosa (una suerte de “idealismo reaccionario”). El Estado y el Partido tenían que encargarse, a su vez, del “cuido” moral y espiritual del pueblo a través de la represión inmisericorde de toda religión, y ello se acometió en nombre de la razón, la ciencia y el bienestar colectivo.

El problema desde una óptica de los derechos humanos, es que el ateísmo fue en Albania una confesión de Estado, si bien no religiosa, sí secular y cosmogónica, cuya violenta imposición mezcló disparatadamente citas y comentarios de Stalin junto a las obras, por ejemplo, de Darwin y Oparin. La ciencia en lugar de ser tenida como un instrumento al servicio del intelecto y de la libertad, se instrumentalizó para servir al control dictatorial de la gente. Para lograrlo se estableció el Estado ateo y, peor aún, se prohibió la cosmogonía religiosa y se aceptó solamente una: la del Estado, la de sus intérpretes, la de Enver Hoxha. Violenta y arbitrariamente se impuso un vision de la existencia y de la vida.   

La versión marxista-leninista de Enver Hoxha (como la de Mao, Stalin y Tito) se basó en creencias metafísicas sobre la razón y la ciencia comunista ubicadas en un pedestal de "verdad absoluta" cuando ello ni siquiera existe. Tan sagrada fue dicha verdad, que justificó la represión y el aniquilamiento emocional y hasta físico de muchos creyentes. Karl Marx se hubiera asombrado con disgusto y repulsa el que sociedades supuestamente socialistas impulsaran doctrinas y prácticas opuestas a la ciencia y contrarias a la libertad y a la democracia.

El autoritarismo amenaza hoy, igual que ayer, la libertad de los individuos y la de las sociedades en la era de los derechos humanos. El poder sin Dios, o, el poder con Dios, no tienen cabida en el Estado democrático moderno. El Estado no debe confesarse adherente de la evolución ni de la creación.  El logos, el pathos y el ethos de la democracia han de fundamentarse en la democracia misma y cuya substancia fundamental es una: la libertad y la república democrática y secular en su aplicación política.

Cuando el Estado es confesional, deja abierta una ventana que invita al sectarismo, a la exclusión y al fanatismo.  En su conjunto, lo apuntado se convierte en una amenaza potencial a la libertad y en una sentencia discriminatoria vigente, como ahora en nuestro medio, al declarar nuestra Constitución Política el credo cristiano-católico como oficial del Estado.  

Para quienes creen en Dios -como en mi caso- conviene argumentar que la libertad religiosa se resguarda en la medida en que ningún credo u alguna otra metafísica no deísta se adueñe de la voz del Estado. Cuando el Estado abraza los ideales democráticos, (el Estado nunca deja de estar en tension con la libertad), aliviana notablemente su proclividad para invalidar derechos fundamentales.  

La irrupción en el escenario político nacional  de formaciones religiosas es una amenaza a la estabilidad democrática; es un contrasentido democrático tener que elegir entre dos mares incompatibles: el secular y el religioso.  Una razón fundamental para apoyar a Carlos Alvarado consistió en evitar llevar al Ejecutivo un partido religioso. Creo que la mayoría de los costarricenses no han internalizado, como conviene, el haber conjurado esta inmediata y sorpresiva amenaza religiosa.

Una cierta metafísica secular, la de un tipo, (porque la metafísica es una área legítima del conocimiento) falsamente ruega a la razón y a la ciencia, como se invoca a un fantasma provisto de infalibilidad y de suyo propio con plenos poderes para aniquilar al disidente, también es repudiable. El siglo XX vio nacer el ateísmo autoritario en varias dictaduras estalinistas. Recordemos: el Estado no soy yo ni es todo.

Ciertamente el discurso pseudocientífico (como el estalinista) hecho metafísica se presentó hipócritamente como adecuado para contrarrestar la intervención religiosa en los asuntos de Estado. Sin embargo, detrás de dicha “razonabilidad” se esconde el recurso de la falacia. Un  mal enfrentado a otro mal factor no presupone ninguna bondad en los actores de dicho conflicto. Nada bueno hace una sociedad que pasa de un absolutismo a otro absolutismo, de una tiranía a otra tiranía.
Volver a los recuerdos de Albania, de Radio Tirana, emisora que en onda corta yo sintonizaba cada día a la medianoche en la década de los 70,  para escuchar con emoción cómo una pequeña república estalinista denunciaba a medio mundo y cuyos enemigos mortales eran de todos los colores, desde el imperialismo americano, pasando por Tito, hasta llegar al social imperialismo soviético y sin olvidar a la China roja, hoy me permite elaborar conscientemente la convicción de que los estandartes de la ciencia y la razón en malas manos son un salvoconducto directo al despotismo.

Ni Newton ni Marx ni Darwin pueden responsabilizarse de tan fatal atropello a la dignidad humana. Los terribles aprendices de las grandes utopías, deben ser en lo posible identificados por el pueblo para evitar las grandes calamidades del siglo XX. No hay que olvidar los campos de la muerte de Pol-Pot en Indochina, así nacidos de siniestras fantasías seculares; ni olvidar la guerra fratricida en los Balcanes que enfrentó trágicamente a cristianos y musulmanes.

Haber conversado con la señora Hoxha fortaleció mi sentir de que las convicciones religiosas de un pueblo no pueden ni deben conculcarse. Dicho encuentro me hizo saber que la “aguerrida e inocente” Albania no fue más que una cruel estafa y todo en nombre de la ciencia y la fraternidad social.

Vuelvo a meditar sobre lo fundamental que es debatir el rol que la religión debe tener en nuestro país. Siempre es urgente hacerlo porque la religión es una metafísica que, mal empleada, puede convertirse en una siniestra invitación al odio y a la conflagración social. El fundamentalismo religioso tiene un lugar en una sociedad libre -como cualquier otra idea- pero debe conocer sus límites en función de la naturaleza diversa de la colectividad en su conjunto.   

La doctrina de los derechos humanos debe ser la medida universal para calibrar la bondad o no de nuestras sociedades. Dialogar con Nexhmije Hoxha me recordó lo vital de tener siempre presente esta escala de valores (los derechos humanos) para medir, defender y ensanchar nuestras libertades sociales e individuales.