sábado, 16 de marzo de 2019

Celebrando a San Patricio

Hace más de dos décadas cuando por vez primera sentí el aire salino de Boston, en una de esas orillas que quedan mirando al Atlántico frío, muy al norte, casi que de inmediato tuve que encontrarme con lo inevitable: la lucha del pueblo irlandés por su dignidad y liberación del oprobioso yugo británico.
Fue entonces, estando en un pub bebiendo cerveza, cuando inadvertido -casi inocente- deposité en un sombrero un dólar, pensando que era para la banda y su música celta, cuando era en verdad para Sinn Fein. En el Boston de entonces la bandera irlandesa podía ondear a sus anchas, no así la inglesa ni la británica. Incluso, en algún verano, adherí a mi pecho una camiseta que decía “brits out of Ireland”, y las sonrisas de aprobación eran evidentes. Lo de entonces es hoy un anacronismo.
Irlanda fue la colonia más antigua del Imperio, antes que las que tuvo en América, Asia, África y Oceanía. Y también fue la última colonia en liberarse, como siguiendo el imperialismo británico el deber de pagar una deuda tardía que empezó en la propia Europa. Al igual que los judíos y los gitanos, los irlandeses no fueron considerados “blancos”, sino que conforme a la ideología capitalista e imperial británica, se decía que eran “gentes inferiores”.
En el condado donde actualmente vivo, el de Middlesex, se asienta la mayor inmigración irlandesa de todos los Estados Unidos. En 1847 cerca de 35 mil irlandeses llegaron a Boston huyendo de la terrible hambruna. Pero no eran blancos por pálidos que fueran. Eran “inferiores”. El supremacismo blanco sigue siendo una construcción ideológica de opresión que no respeta colores. Irlanda fue un claro ejemplo de ello, maldad que ahora se dirige contra otros pueblos. Trump lo sabe.
Los inmigrantes irlandeses fueron tratados con el odio y el disgusto con el que hoy son tratados los inmigrantes hondureños. Transcurrió un poco más de un siglo para dejar por sentado, en definitiva, una pertenencia “digna” al nuevo imperio estadounidense. 1960 es el año de los irlandeses y de los católicos. John F. Kennedy es electo Presidente. Ni el anticatolicismo protestante, ni los prejuicios étnicos, fueron suficientes para frenar a este plutócrata, hijo distinguido de Boston, ciudad de la cual él fue dos veces Alcalde, y también, representante y senador de Massachusetts.
Saliendo de mi casa, en el corazón de Cambridge, noté a mucha gente vestida inusualmente de verde. Comprando el pan y el café para el desayuno, me percaté de estar en la víspera celebratoria de San Patricio, el hombre que, conforme a la tradición, convirtió a los irlandeses en cristianos. En ningún lugar fuera de Irlanda, como en Boston, esta juerga tiene el mayor significado y que se repite cada 17 de marzo. Sin embargo, detrás de ella, veo más historia.
La lucha en contra del colonialismo yanqui hunde parte de su savia en Irlanda y en Boston. El apóstol de la independencia de Puerto Rico, el emblemático Don Pedro Albizu Campos, vivió en Boston y estudió leyes en Harvard. Fue un hombre dotado de una exquisita cultura, de una sensibilidad extraordinaria y de una prodigiosa oratoria.
Su caminar por el claustro académico de Cambridge fue mejor que notable. Fue en esta geografía donde pasó, en 1919, largas horas con Eamon de Valera, referente indispensable de la causa irlandesa. Don Pedro hizo propio el sentimiento libertario del pueblo irlandés, entendimiento que le permitió solidificar su parecer independentista sobre el dilema colonial de Puerto Rico. Porque la revolución irlandesa de 1916 dejó una imborrable huella en su memoria, tanto como el vivo ejemplo de James Connolly héroe de dicha insurrección.
El joven estudiante -Albizu Campos- hizo suya la causa irlandesa. Fundó en Harvard y en el Boston College los consejos estudiantiles por la independencia de Irlanda. De Valera tuvo en alto su amistad, su aprecio, tanto que al puertorriqueño consultó su opinión sobre un borrador de constitución política para Irlanda. Las paradojas de la historia: hoy Puerto Rico sigue siendo una colonia, mas colonia que antes pero, eso sí, sin que se haya extinguido la flama independentista que sembró, a pesar de su martirio y vil asesinato, el prócer Don Pedro Albizu Campos.
Al ver que en cuestión de horas se acerca la celebración del santo patrono de Irlanda, no puedo dejar de recordar al Batallón de los San Patricios, soldados irlandeses embaucados por hambre en el ejército imperial de los Estados Unidos, en su guerra contra México, la de 1846, y que viendo su propia miseria e injusticia cometida contra los mexicanos, un pueblo también católico y amenazado por un imperio emergente, decidieron cambiar de bandera y combatir hasta las últimas consecuencias por la justicia, y con honor, en suelo mexicano y por México.
Ahora, en tiempos profundamente antinacionales y procoloniales que emergen entre las masas, me sentí invitado a compartir esta corta memoria, quizá antes de entrar a un “pub” para celebrar la ocasión y ver una bandera verde, con tréboles y una arpa, y con una inscripción que dirá: “erin go bragh”.

https://www.elpais.cr/2019/03/16/en-el-dia-de-san-patricio/

lunes, 4 de marzo de 2019

La urgente duda

Si hay algo que debe ser lo más natural entre todos los ciudadanos, es la de ser críticos de los poderes públicos instituidos.  Esta virtud que debería vivirse como el acto de respirar, así tan natural, me trae no pocas desavenencias con mis congéneres de la izquierda, o con los de la derecha, hoy fascinados con esa estafa imperialista que se llama Guaidó, porque antes que nada yo soy “perista”, adjetivo último que denota, primero, una lealtad a mi mismo, una confianza decente en mis falibles criterios, y, segundo, porque aupa una intención honesta y deliberada para conocer la mucha o poca verdad de tanta cosa que aparece y desaparece en la vida.

No es broma: es cuestión de afincar los ojos en el firmamento para darse uno cuenta que la incertidumbre reina, y que su frío nos hace temblar, que queremos correr, con la frecuente tentación de querer abrigar con lo absurdo las almas nuestras y las desnudeces nuestras frente a tantos horrores, cubriendolas a ellas con las lanas “impolutas” de la obediencia ciega; porque para que hayan justos y buenos propósitos en la mente, no hay otra vía que la de cultivar la desobediencia, seguir el acto de insubordinar la conciencia. Con frecuencia no atinamos en los blancos, pero ello no anula que la insurrección permanente sea el camino del humano valiente. Atino en no ser el “yes man” de Trump ni la alfombra roja del presidente Maduro.

Entre las mayores responsabilidades de la “vida cortés” existe una que demanda método y un noble propósito: la de dudar, la de dudar cuanto sea necesario. Creo yo que mi fe cristiana es fuerte porque pude dudar de ella, porque alguna vez me pregunté “y si todo en lo que creo no es verdad”; “y si la obra del Maestro no fue otra cosa que la belleza de su imaginación”.

La duda, bien usada, disipa nubes y brumas inoportunas. Lo mejor: ella señala los caminos sobre los que, quizá, eventualmente, vuelvas a dudar. Claro está que existen situaciones en las que uno no puede ni debe dudar, sobre todo de aquellas que son muy prácticas, relacionadas estas con la hospitalidad, la urbanidad y el respeto al prójimo. Es importante no confundir la duda con los celos patológicos y los delirios paranoicos. No se vale perseguir “fantasmas” que no ofrecen nunca indicios de realidad. En cambio, la duda racional es  uno de los materiales privilegiados con el que se construyen sólidas convicciones. No por nada, Spinoza, el filósofo judío, es uno de mis “santos”.

Ahora mismo las masas del mundo occidental están sumidas como espectadoras en un circo romano, pidiendo sangre aunque los consuma la lava, aunque Marte los aprisione y los degüelle ante el altar de la mismísima muerte. A decir verdad, empero, la masa venezolana se mantiene “quieta” al abrigo de una bruma de incertidumbre, cautela y desconfianza a todo y hacia todos. Después de todo son los sacrificados. ¡Viva la duda!

No cabe duda que las redes sociales se han vuelto un estercolero de sandeces que imploran bautismos de odio, donde los hinchas de Guaidó son los más fanáticos por encontrarse a la ofensiva con el lujo de tener a la red mediática internacional y al cíclope de Washington a su favor; por otra parte, los hinchas que apoyan al presidente Nicolás Maduro -volcados a la defensiva- sufren un diluvio de brasas inacabable e inédito en la historia reciente, y más parecen tener en sus rostros un pacifismo resignado, cercano a la inocencia, con el que no se come ni se obra milagros.

En medio de dicho fragor, el bando activamente pacifista y racional, como el que a lo interno representan los venezolanos de la Alianza por el Referéndum Consultivo y, en el campo diplomático,  las posturas de México y Uruguay, y ahora la de Costa Rica dentro del Grupo de Lima, permanecen largamente ignoradas hasta el momento. No hay duda que cuando el odio y la ira reinan, la política se vuelve pestilente, y es ahí, inmerso en dicho mortífero sopor, donde nacen las orgiásticas homicidas más espantosas.

En Venezuela los muertos de toda esta zozobra que lleva años han caído en vano; hoy pocos los recuerdan y pronto entrarán al infértil panteón de los olvidados que la molienda del destino no perdona. Lo mismo pasará con los próximos. No existe ninguna razón lúcida para que la vida de un joven sea segada en su aurora, ni razón válida para ofrecer en sacrificio un sinfín de vidas a los oligarcas del color político que sean.

Los pueblos no deben fiarse de las cúpulas, menos de las arrogantes y todopoderosas, que incitan a la inmolación, al sacrificio colectivo y al suicidio moral y físico. No es al pueblo -menos a sus jóvenes- a quienes toca ejecutar el hórrido oficio de morir por nada, ni toca al pueblo el alarde de la “gloria” sepulcral antes de exhalar un viva a sus verdugos.

Yo pienso, cuando analizo estas tragedias, en el ser humano de carne y hueso, en el ser humano limitado por las circunstancias y el tiempo, en el ser humano que nace una vez y cuya existencia siempre es corta, porque morir sin gracia por un puñado de consignas es un horror.  El ser humano común vive de su trabajo, de su industriosa labor, y no de las consignas, sean las del enjuto diputado Guaidó, sean las del veterano presidente Maduro. Por eso digo que el pueblo debe ser el protector de sí mismo, el protector de su cuerpo físico y mental, asunto que se traduce en un legítimo y egoísmo frente al poder y la manipulación, y en un sano egoísmo frente a la verborrea de quien vive en lujos y exige sacrificios. La solidaridad, la ternura y el desapego son virtudes de otra geografía emocional, de otra geografía social que no entiende ni vive de conciliábulos rastreros como los que se exhiben con frecuencia en este conflicto.  Aquí, entonces, la duda urge.

sábado, 2 de marzo de 2019

Las razones del Presidente en la crisis venezolana

Con lo de Venezuela en su presente crisis, yo le solicito a mis connacionales que lean con cuidado los documentos con la última declaración del Grupo de Lima del 25 de febrero pasado, y lo oficialmente publicado por nuestra cancillería como, además, las declaraciones públicas de nuestro Presidente.  

Al efecto, y al final de este artículo, encontrarán los enlaces, porque la decisión del señor presidente de la República debe entenderse en su contexto y no en especulaciones antojadizas. Nos debe guiar la razón con sus pensares, asunto que parte de nuestra tradición pacífica, democrática y civilista, virtudes todas imbuidas en nuestra Constitución Política.  

Costa Rica, a través de su gobierno, comparte el criterio del Grupo de Lima de que la solución de la crisis venezolana pasa por una convocatoria a elecciones generales. Sin duda este es el argumento fundamental que Costa Rica sostiene, aparte de considerar al gobierno de Maduro como ilegítimo. Se puede o no estar de acuerdo con toda esta apreciación, o, con parte de ella, pero es lo actuado por nuestro gobierno. En todo caso, el Presidente ha demostrado una gran independencia respecto a la última Declaración del Grupo que vale la pena meditar.

No hay duda, a mi juicio, que nuestro gobierno hizo lo correcto. De un análisis cuidadoso de dicho documento se desprenden las siguientes falencia: 1. no se rechaza categóricamente e inequívocamente la posibilidad de una intervención militar extranjera;  2. nada elaboró sobre la necesidad de una ayuda humanitaria neutral canalizada correctamente a través de las Naciones Unidas, la Cruz Roja Internacional, Cáritas, y otros organismos humanitarios; 3. no hace un llamamiento explícito ni implícito al diálogo entre las partes en conflicto.

El presidente Alvarado dijo públicamente sobre una posible intervención militar: “No hemos compartido una posición que ha estado propuesta ahí, por miembros del grupo, que dice que todas las opciones están abiertas. Es que para Costa Rica no todas las opciones están abiertas, porque el decir que todas las opciones están abiertas es decir que está abierta la opción militar y para nosotros no está abierta la opción militar”.

En relación con la ayuda humanitaria el mandatario expresó que la misma no se manejó bajo “un principio de neutralidad”, pues es más oportuno -dijo- que este tipo emergencias estén atendidas bajo la responsabilidad de la Cruz Roja Internacional y las Naciones Unidas.

Sobre los medios por  los cuales Costa Rica aboga para resolver el grave conflicto, la cancillería externó que nuestro país se destaca por  “su defensa histórica de los principios de la paz, la democracia y los derechos humanos y en su condición de nación desarmada, mantiene su irrevocable compromiso con los mecanismos de solución pacífica de los conflictos, la diplomacia, las herramientas del derecho internacional y el multilateralismo para resolver la crisis en Venezuela”.

Este último aparte debe interpretarse, si bien es cierto, Costa Rica reconoce la gestión de Juan Guaidó, como que este hecho no implica la exclusión del diálogo y de los mecanismos propios de la resolución pacífica de conflictos, al que están llamados todas las partes en discordia, cosa que no hace el documento objetado.

Al respecto la cancillería no dejó de señalar “la necesidad de unir esfuerzos para que en el más breve plazo se establezcan las garantías  necesarias para la realización de un proceso electoral creíble, con la participación de todos los actores políticos y con las garantías y estándares internacionales para una transición democrática y pacífica. Considerando a todos los sectores, se podrá prevenir mayor violencia y sufrimiento del pueblo venezolano”, (el énfasis es mío).

Los adversarios de la posición del gobierno costarricense citan el numeral 16 de la Declaración que dice: “Reiteran su convicción de que la transición a la democracia debe ser conducida por los propios venezolanos pacíficamente y en el marco de la Constitución y el derecho internacional, apoyada por medios políticos y diplomáticos, sin uso de la fuerza.” A Costa Rica este aparte le pareció positivo, pero muy general, dentro de un contexto muy concreto de conversaciones y de ambiente donde la idea de “todas las opciones están abiertas” flotó como polen en primavera. Y no era para menos, porque en realidad el invitado de honor no fue Guaidó, sino Mike Pence, el vicepresidente de un  gobierno que no forma parte del Grupo de Lima y que se reserva siempre el derecho de intervenir militarmente a toda hora y en cualquier parte del mundo.  El fue el “alma” de la reunión, el hombre de la batuta.

El no haber firmado esta Declaración, y por las razones expuestas, ello le ha permitido a nuestro país diferenciarse dentro del Grupo de Lima, exhibiendo una identidad propia, un perfil en consonancia con nuestras tradiciones pacifistas, democráticas y equilibradas de lo que deben ser las relaciones internacionales en coyunturas  conflictivas. La Declaración no fue buena para Costa Rica por lo que el documento no expresó. No fue suficiente para nuestros estándares. Al decir del señor Presidente, se trata de “resguardar” principios ya establecidos en nuestra Constitución Política. Leamos y reflexionemos serenamente.

https://www.elpais.cr/2019/03/01/las-razones-del-presidente-en-la-crisis-venezolana/



A los pensantes del PAC

Llegó la hora cero para las corrientes democráticas y de avanzada del PAC, se terminó el tiempo  de seguir impasible y silencioso, testigo mudo de todo cuanto acontece en Venezuela; ha llegado la hora al brazo pensante del partido para decir lo que piensa, pues aunque se adverse al régimen de Maduro, los demócratas de cuerpo entero y chaleco brillante sabemos que el fin no justifica los medios, que la paz no se entrega a la primera asonada del hostil y calenturiento filibustero, Trump, sabiendo que las intenciones de él, sus razones, son las de apropiarse por la fuerza y la intimidación del petróleo, de los minerales y de otros recursos naturales al precio que sea, asunto absolutamente inadmisible a la moralidad democrática  que siempre debe acompañar la gestión política.  

Porque nuestra lucha y sus métodos contra el pensamiento autoritario y sus formas políticas se legitiman en la medida en que se justifiquen moral y éticamente, asunto que se viene abajo con el aguacero de las amenazas guerreristas de Trump y de su títere Guaidó, este último figurilla de un gobierno fantasma que ni canciller tiene, que no tiene territorio, y cuyo único apoyo proviene de los militares de Trump, y de una orquesta que él mismo dirige a su completo arbitrio y antojo, es que las energías pensantes del PAC deben manifestarse y actuar ante la URGENCIA de ser testigos ahora de un eventual estallido de guerra en nuestra región de inimaginables consecuencias.

Frente a la actitud  mafiosa del régimen autoritario de Trump que, como todos sabemos, y no debemos hacernos los desentendidos, lo preside un ser absolutamente inmoral, con rasgos psicóticos, a quien no le importaría incendiar hasta los huesos “su” tio trasero, es que el pensamiento democrático del partido no debe seguir en silencio.  

En el PAC sabemos que  el diálogo y la negociación, que la democracia y la paz, son principios no negociables y que la consulta al pueblo, sea unas elecciones generales prontas y libres, son en Venezuela las llaves para destrancar el grave conflicto, no bajo un régimen de Guaidó, sino bajo un tutelaje neutral asumido por las Naciones Unidas. Frente a tanta angustia e incertidumbre el músculo pensante del PAC debe hacer sentir su parecer, como levantando aquella voz de Joaquín García Monge que tanta honra y gloria dio a nuestra patria.

https://www.elpais.cr/2019/02/24/venezuela-a-los-y-las-pensantes-del-pac/

Mi querido Presidente se equivoca


Querido Presidente
Sepa que lo tengo a usted en alta estima y no me arrepiento de haberlo apoyado para que llegara a ser nuestro gobernante. Sigo pensando que una victoria del candidato religioso nos hubiera hundido en un santiamén. Sin embargo, con  lo de Venezuela, estimado Presidente, usted dio un salto moralmente injustificado en el vacío y políticamente incomprensivo.

La historia abunda en ejemplos de cómo seres humanos inteligentes y de buen corazón erraron en grande en el ejercicio de la función publica, y de cómo no vieron lo evidente y lo correcto. Pero no por ello lo voy a insultar o a denigrar, como acostumbran hacerlo sus críticos de izquierda, los de la derecha religiosa  y no pocas medusas del conservadurismo tradicional.

Como ciudadano me asiste el derecho a criticar su labor, y siento además un deber en hacerlo por haber considerado su propuesta política como democrática, de centro y progresista, que es lo que conviene a Costa Rica, porque tanto usted como yo amamos a nuestra patria, por lo que es una obligación que nos honra mantenerla en la ruta de la democracia, la paz y el progreso.

Usted y yo coincidimos en que el régimen de Maduro es nefasto. Sobre esta valoración en particular he abundado. Los amigos de la izquierda se irritan conmigo. Pero eso es otra historia. Lo cierto es que las razones de Trump para intentar derrocar al presidente venezolano se encuentran en las antípodas de las del demócrata consecuente. Las razones de Trump son groseras, racistas y neocolonialistas. Usted lo sabe muy bien. Trump no tiene en mente la liberación de Venezuela sino su saqueo, su expoliación, para convertirse él en el supremo y soberano usurpador.

Trump revive ahora los momentos más aciagos del “Destino Manifiesto”, doctrina racista, pérfida, que mucho dolor y mucha sangre costó y cuesta a los pueblos de América Latina y el Caribe. Usted lo sabe muy bien.  Las razones de un demócrata para querer un cambio en Venezuela son totalmente incompatibles, de cabo a rabo, con las perversas letanías de Trump.

Un demócrata consecuente no está contra Maduro para robarse el petróleo ni los abundantes minerales de Venezuela; un demócrata consecuente no entrega la soberanía de su patria. Un demócrata consecuente lucha por la libertad y la democracia, por los intereses de las clases trabajadoras, por la emancipación social de toda la nación, y por la superación espiritual de su pueblo a través de la ciencia y la cultura. Absolutamente nada de esto promete Trump, quien es un personaje al que no se le puede llamar presidente ni señor sino ladrón, timador y filibustero. ¿Se enorgullece usted, señor Presidente, de ser socio de un tipo tan despreciable y ominoso no solo para el pueblo de los Estados Unidos sino también para la humanidad entera? Comprendo que usted como Presidente de la República no puede decir ciertas cosas porque su deber es el de procurar relaciones dignas y estables con los Estados Unidos. Pero tampoco se las esconda a su conciencia.  Meditelas. Haga un esfuerzo.

Hay gente en Venezuela y en el mundo que adversa a Maduro, gente que es ruin e inmoral; así también existimos  quienes con responsabilidad y dignidad abogamos por su salida. Pero hay un detalle, señor Presidente, que no debemos pasar por alto: ni usted ni yo somos ciudadanos venezolanos.  

Lo de Venezuela lo deben resolver los propios venezolanos, es un asunto exclusivo de ellos, la malquerencia rencorosa entre sus políticos es un  intrincado dilema que uno no sabe cómo el pueblo venezolano lo resolverá, pero que solo a él toca resolver. Nuestro deber no es diligenciar las broncas entre venezolanos, y sí es lo nuestro mediar cuando todas las partes en conflicto lo pidan, porque es nuestra vocación acompañar a los pueblos en sus congojas.  

Entonces, ¿se vale todo? Usted sabe la respuesta, yo también la sé. Ningún acto político existe -menos uno que provenga del gobernante- desprovisto de su interrogante moral.  En otras palabras: el acto político es imposible en un vacío moral. De ahí que pensar la política únicamente como la producción y acumulación del poder sea muy distinto a proponerla como la posibilidad de hacerle el bien al prójimo, al “otro”. Sí, por supuesto, tengo en mente al filósofo francés, post holocausto, Emmanuel Lévinas, quien junto a Derrida deben ser autores de cabecera para todo gobernante que se precie de demócrata. Dice Lévinas: “el arte de prever y ganar por todos los medios la guerra -la política- se impone, en virtud de ello, como el ejercicio mismo de la razón.  La política se opone a la moral, como la filosofía a la ingenuidad.”  Por eso el ejercicio del poder es una paradoja: si bien es cierto que dicho ejercicio es para el político como el motor de sus deseos, conviene también desacelerar los mismos en favor de los argumentos y la praxis ética.  Porque el gobernante culto y demócrata reflexiona sobre la moralidad de sus actos ante sus conciudadanos. Los actos morales y las concepciones éticas colectivas deben airearse, debatirse, porque más allá de la abundancia institucional, la democracia debe crear las condiciones de su abundancia cultural y libertaria.

El poder político sin obstáculos éticos es pura arbitrariedad, un agente oportunista, como la que asiste a nuestra desastrosa política exterior que se derrumbó innecesariamente en el affaire venezolano. Es decir, nuestra política exterior ha devenido en cuestión de pocas semanas en inmoral, en una sin norte ético.

A decir verdad no lo puedo criticar a usted, Presidente, con toda la justicia debida porque en este actuar su despacho exhibe un defecto: usted no ha hecho del conocimiento general los argumentos, las reflexiones, para fundamentar éticamente sus decisiones que permitieron que Costa Rica se plegara al carrousel del Grupo de Lima, al reconocimiento del “gobierno” fantasma de Juan Guaidó, y a la implícita aprobación de las tácticas aberrantes de Trump. Sin embargo, este lamentable bache no es óbice para sobrevolar con tino lo decidido por su gobierno. En todo caso, todos tenemos una responsabilidad compartida para dar con lo ético, con lo correcto, que es lo que me propongo sugerir. Lea, por favor, lo que con todo respeto le voy a narrar, que simplemente es mi lente moral y ético, y provisto de una emocionalidad que no puedo evitar.

“Cuando los europeos (épocas en que la idea de Europa aún no cuajaba) invadieron las Américas desde el siglo XV, llegaron a nuestras costas directamente a robar con caballos, pólvora y espadas, con borrachos y curas, y luego con puritanos y Biblias.  Nunca Isabel y Fernando, ni los que siguieron, pensaron necesario adquirir las tierras ajenas por la vía diplomática, ni enviar embajadores preguntándole a los nativos por el nombre del gobernante del lugar y con él negociar la adquisición de dichos dominios. ¿Cómo pudo ser de otro modo si eran unos malandros? ¿Cómo no si nunca le preguntaron a los indígenas si querían vender lo que les pertenecía?

Pero tampoco fue un accidente. Cuando los invasores llegaron a América, lo hicieron provistos de una identidad racial blanca ya puesta a prueba contra los judíos, los moros y los gitanos, y también irrumpieron con una teología aberrante capaz de justificar hasta el genocidio. Este paradigma teológico-racista de la política europea se trasplantó con violencia a toda América. Españoles, portugueses, ingleses, y holandeses, todos, nos invadieron bajo dichas draconianas premisas, adornadas con el mote “cristiano” de la salvación.

¿Sigue vigente tan macabro paradigma? Por supuesto que sí y la prueba es Trump. Cuando este energúmeno decide apropiarse a la brava de Venezuela, con el mismo descaro con que los Puritanos lo hicieron en el norte de América en el siglo XVII, la maldición de dicho paradigma sigue cayendo a torrentes sobre los rostros de los pueblos de color, con la consabida complicidad de no pocos criollos que se emblanquecieron y pudrieron con la corrupción.  ¿Qué otra cosa puede ser Guaidó más que un emblanquecido traidor? Violar con sevicia a Venezuela es el acto delincuencial de Trump y Guaidó, y este último, no es otra cosa que el verdugo menor de tan bestial acto. La violación imperial de la Patria de Bolívar es el fondo del asunto, lo que blande el nacionalismo blanco, cuasi fascista, en contra del mal gobierno del presidente Maduro.

Pero mi anticomunismo no me ciega.  No puedo estar de lado de los supremacistas blancos como Trump, porque para ellos nuestros pueblos son cosas desechables, incluyendo los pueblos de color estadounidenses; para él (Trump) somos despreciables, portadores de infecciones, incluidos los traidores emblanquecidos, muñequitos que se pueden quemar y reciclar a merced y a gusto del tirano blanco.

Eso es Guaidó: un títere emblanquecido  por la mierda, que pide la intervención militar a través de una gran e hipócrita farsa que llaman “ayuda humanitaria”, puesta en escena para crear incidentes y justificar una y mil intervenciones militares.  A Jesús veo diciéndoles a los Trump y a los Guaidó “¡Ay de ustedes, escribas y Fariseos, hipócritas que son semejantes a sepulcros blanqueados! Por fuera lucen hermosos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia.”  Hipócritas que son, que ni lágrimas de cocodrilo tienen para los dolores y partos de miseria en Honduras, o en Haití, o en Puerto Rico, naciones aplastadas por el oprobio del racismo, naciones negadas de democracia y autodeterminación.  Me niego a ser parte de este circo mediático que pone al descubierto la maldad de ciertas y poderosas élites blancas de Europa y los Estados Unidos.

Uno de los más grandes intelectuales del siglo XX en los Estados Unidos, W.E.B. Dubois, eminente sociólogo y Pan Africanista, dijo en 1924:  "El problema del siglo xx es el de la línea divisoria del color". Mucho antes, en 1856, estuvimos a punto de ser esclavos por no ser “blancos”, constructo social ideado por los explotadores. No es hasta adentrado el siglo XX, en 1953, cuando los negros pudieron votar por vez primera en nuestro país. El siglo XXI, hoy, parece signado por las emblemáticas fronteras de los poderosos de Europa y los Estados Unidos para convertir a los continentes “pobres” en auténticos guetos, en monumentales prisiones para los desheredados de la Tierra. Nos recolonizan para robarnos y oprimirnos, igual que lo hicieron hace siglos los primeros conquistadores.

Toda esta recolonización de Venezuela no la agradecen los pueblos de color de los Estados Unidos. Los afrodescendientes no olvidan el secuestro y el sufrimiento de millones de africanos convertidos en esclavos, ni los latinoamericanos que vivimos al sur del Río Bravo ni los que lo hacemos en los Estados Unidos (ciudadanos o no del imperio) podemos echar por la borda nuestra memoria histórica que dolorosamente evoca el despojo del 55% del territorio mexicano, ni la ocupación de Nicaragua, ni la de Haití, ni la de Panamá, ni de la República Dominicana, ni la de Puerto Rico, ni la de Cuba; tampoco se ha de olvidar la cruenta historia de golpes de estado auspiciados directamente por Washington. Los “arios” nos han herido desde siempre y ahora nos siguen hiriendo, nos ruegan amnesia y servilismo. Ni uno ni lo otro. Se prohibe olvidar para no ser serviles. En Costa  Rica es hora de releer nuestra historia para que se entregue a nuestras mentes un nuevo discurso liberador, afín a nuestra hora y a nuestra libertad. Lo de Venezuela, ciertamente, nos despierta y nos alerta de los sinuosos caminos que podemos enfrentar.

¿Qué pudo haber hecho Costa Rica a propósito de Venezuela? No otra cosa que ser fiel a su tradición pacifista. Los costarricenses estamos orgullosos de ser una democracia desarmada y pacifista. Somos una democracia que apuesta por el diálogo y la racionalidad, por la buena voluntad en la resolución de los conflictos. Uno esperaría que todo este arsenal ético, tan propio de los costarricenses, se hubiera reflejado en una política exterior moralmente constructiva y latinoamericanista. Pero seguimos la senda equivocada. Le hemos echado más gasolina al fuego. Nos hicimos alfombra de Trump de la mano de impresentables como Jair Bolsonaro y Juan Orlando Hernández. Cuando apenas empezaba a escribir este texto tuve noticias de que un grupo de hampones venezolanos, dirigidos por la sinverguenza María Farías, asaltaron la embajada venezolana en Costa Rica. Nuestra cancillería protestó pero eso no es suficiente. La expulsión de nuestro territorio de estos malandros es un imperativo para poner coto a los desmanes de estos “emblanquecidos”. Nuestro país cayó en el ridículo.  Entonces, ¿quién manda aquí, los hampones venezolanos o el gobierno nacional? No debemos ni podemos olvidar la gloriosa máxima pronunciada por Benito Juárez: «Entre los individuos, como entre las Naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz»

No podemos caer en la amnesia. La memoria histórica es sagrada.  Lo del filibustero William Walker, asunto que hoy tiene que ver con la crisis venezolana, debe contarse con pulcritud y honradez. ¿Qué hicimos los costarricenses en la gran Campaña de 1856? Ni más ni menos que derrotar al imperialismo. Derrotamos los intentos de Walker para anexar nuestra tierra a la estructura esclavista y racista de los Estados Unidos. Derrotamos sobre el terreno a la Doctrina Monroe y a la del Destino Manifiesto. Aquí como en Nicaragua existieron los criollos “blanqueados” que se arrodillaron ante el imperio; son los mismos que aquí, después de la guerra, fusilaron a Juanito Mora. Son los mismos que en Nicaragua coronaron de laureles al opresor de Walker. Antes que el cipayo blanqueado de Guaidó se autoproclamara presidente por encargo, antes lo había hecho Walker en Nicaragua por obra de “la providencia” y los traidores. Walker abolió ahí la prohibición de la esclavitud e impuso el inglés como idioma oficial, junto al castellano. Esas, y no otras, eran las perspectivas para Costa Rica. La disyuntiva de Venezuela hoy la ha impuesto el imperialismo. No podemos permitir que Trump siga inflamando el paradigma racista en nuestro continente.  Con el comunismo y, en particular, con el castrismo, me asisten graves diferencias. No obstante ello, es un deber hacer causa común con todo aquel ciudadano digno que enfrente la recolonización de nuestros pueblos, porque no hay que ser comunista ni admirador del Che Guevara para defender la independencia de América Latina, como así lo hicieron Augusto César Sandino y Pedro Albizu Campos, próceres de Nicaragua y Puerto Rico respectivamente.”



Señor Presidente, esto es lo que le quería contar, compartir con usted mi desilusión ante la pésima política exterior de su gobierno. No refleja lo que históricamente hemos sido: una democracia especial y duradera. Lo de Venezuela es para mi un asunto moral y de principio. Tenemos un prestigio (que no sé cuánto más vaya a durar) que nos hubiera permitido defender los principios de la libre autodeterminación de los pueblos y el de la no intervención en los asuntos internos de otros Estados, no poca cosa que nos hubiera facultado para abogar por el diálogo y la paz, pero parece que este capital moral lo hemos echado por la borda.  Usted está muy joven y le queda mucho por aprender, y sería muy ingrato que usted pasara a la historia como un cómplice del avieso Trump. Usted, tanto como yo, compartimos un repudio hacia los regímenes autoritarios de izquierda, pero el fin no justifica los medios, porque los medios deben pertenecer al terreno de la moralidad, no solamente los objetivos o los fines. La lucha por la democracia y la justicia social tiene fundamentos morales como éticos, y no es conveniente que la doctrina racista del “Destino Manifiesto” sea admitida, porque atenta contra la dignidad de nuestros pueblos latinoamericanos. No se agache. Examine su conciencia y rectifique. Se lo pido porque usted es el Presidente de todos los costarricenses.

https://www.elpais.cr/2019/02/21/mi-querido-presidente-se-equivoca/

martes, 12 de febrero de 2019

De las utopías


Parafraseando una triste aventura de Mao, China dio exitosamente un “gran salto adelante” con la reconversión de su economía en capitalista, hecho que se inició a mediados de los 70 del siglo pasado.  Si los “mandarines” del partido comunista no cambiaron de nombre, es porque su autocrática burocracia consideró que la construcción capitalista sólo podía darse con una China unida, celosa de su integridad territorial y un mando hipercentralizado. ¿Qué mejor que el Partido Comunista?   ¿Acaso el capitalismo chino y su dictadura no han sido exitosos?
Poco se dice que Deng Xiaoping preparó, sin plena intención, una oleada que en el futuro iba a dar cuenta del derrumbe del muro de Berlín y de la desintegración de lo que hasta entonces fue la Unión Soviética. En todo caso, el discurso utópico chino se ha atemperado, se permite apenas lo suficiente como para que el parque de ilusiones no apague sus luces y la foto de Mao reluzca en el corazón de la plaza Tiananmen.
Considero conveniente afirmar, sin embargo, que la gran utopía política de los siglos XIX y XX, la marxista, no se encuentra en proceso de morir porque ya es cadáver, y los cadáveres no resucitan, porque su caballo de batalla (la dictadura del proletariado) los hechos la probaron inviable desde cualquier arista que convenga verse. La experiencia marxista transitó muchos caminos y décadas, y al final de su hercúlea jornada se quedó sin futuro. Estas son las muertes definitivas. El marxismo revolucionario yace muerto pero no así, parcialmente, el voluminoso espíritu de la obra de Marx, cuyo eje viviente se encuentra en sus obras filosóficas de juventud.
Al genio de Lenin lo doy por irremediablemente perdido, como los oprimidos perdieron a Stalin y los ingenuos a  Trotsky. Este último -un ser humano extraordinariamente culto y aventurado- quizá haya sido, en las cumbres del bolchevismo, el que permaneció fiel  a la muy optimista consigna de la revolución mundial que tanto irritaba a Stalin, su verdugo. Pero quizá hayamos aprendido que los paraísos jamás pueden ser impuestos, que los profetas no son dictadores y que a  los pueblos hay que consultarlos cuando siempre se requiera.
Los estalinismos en Moscú o en Beijing virtualmente monopolizaron el discurso de la emancipación social. Con los dramáticos tsunamis antiestalinistas casi todos los discursos optimistas se fueron al basurero, los falsos y los auténticos. No es que únicamente hayan dejado de ser una moda; todavía hoy se sigue descalificando con rencor todo intento fresco y democrático para establecer otras propuestas utópicas, atacadas con el venenoso muro del repudio y la burla. Un muro sustituyó a otro, y otros endriagos emergieron. La hidra es dura de matar y su aquelarre sigue encendido.
El cristianismo, la gran utopía moral desde hace dos mil años, tampoco ha escapado al rugir de las agrestes circunstancias de hoy, pero con la inconmensurable diferencia respecto a otros discursos utópicos de que éste permanece inquebrantable por ser uno de dimensiones colosales, arquitecto de la Civilización Occidental.
El cristianismo es la identidad fundamental de Occidente, y es el marco de referencia, para bien o para mal, de los dilemas morales de nuestra civilización. El cristianismo es herencia judía, herencia helénica y herencia romana.  La fe cristiana sigue siendo en Occidente la madre de todas las utopías morales, fenómeno del que se ha nutrido nuestra cultura, más allá de la dicotomía “creyente-ateo”, detalle éste bastante marginal en cuanto al dilema utópico.
El mundo recordará como trágica la apropiación estalinista del mundo de las utopías. El efecto ideológico no solamente fue un desastre para las dictaduras comunistas, también lo fue para los pequeños focos  democráticos que todavía bregaban por la revolución social. Ejemplo: el anarquismo. No solamente fue el anarquismo un “daño colateral”, sino también cualquier otro sentimiento liberador de los marginados del planeta. La misma socialdemocracia se fue desdibujando de utopía, vaciando de optimismo, al punto de que hoy se ha vuelto cómplice en muchos lugares de pesadillas políticas. El efecto desmoralizador del neoliberalismo sobre los pueblos es alucinante, pues han anexado a sus cadenas el derecho a soñar, y minimiza los actos de querer y hacer los sueños que las comunidades sueñan, recordando uno siempre que los sueños egoístas y carentes de amor fraterno no son sueños.  
La victoria del capitalismo depredador no fue solamente material, también lo fue ideológica, dando vuelo a toda suerte de teorías sociales “darwinianas” capaces de dar por buena la postración moral de los oprimidos del mundo. Los ribetes histéricos de los nuevos amos del mundo no cesan de responsabilizar a las víctimas de la barbarie social que sufren. Uno es el hecho: en este periodo histórico que nos toca vivir, los discursos sociales democráticos y emancipatorios se encuentran en el duro exilio del desierto, de donde estoy seguro brotarán otros nuevos, ciertamente profundamente antiautoritarios y de radical vocación democrática. Si se quiere, la utopía requerida es una “indisciplinada”, que abjure de lo “totalizante”, que transpire libertad, para no tener que recurrir al discurso distópico de George Orwell, Aldous Huxley y Ray Bradbury, que magníficamente denunciaron la tétrica sombra del totalitarismo en sus obras  (1984, Un mundo feliz, y Fahrenheit 451, respectivamente), asunto frente al cual hay que estar en permanente aviso. Coincido, en todo caso, con el controversial teólogo español Juan José Tamayo, quien afirma que “la utopía es el motor de la historia” porque “sin ella la humanidad se hubiera detenido en un pasado a-histórico y la vida de los seres humanos sería un viraje a ninguna parte sin norte. Sin utopía en el horizonte se impone la barbarie.”
Sospecho que la ética cristiana tendrá un sitio de honor en el advenimiento de nuevas utopías, porque es el cristianismo en Occidente la mayor de las utopías morales que, pese a las crueles adversidades que provienen con fuerza hasta de las mismas instituciones religiosas, tiene un porvenir asegurado. Las tormentas no son eternas, valga decir, y mientras el ser humano siga siendo humano, estará atado a su necesidad libertad y al constante replanteamiento de sus utopías.

https://www.elpais.cr/2019/02/12/del-discurso-utopico/

miércoles, 6 de febrero de 2019

Oscar Arias denunciado

El abuso sexual (en todas sus manifestaciones) es un mal universal propio del milenario arquetipo patriarcal. El patriarcado es una ideología de dominación que colectivamente hay que ir desdibujando.
El abuso sexual es un campo radicalmente desigual de guerra, donde el abusador le declara la violencia a sus víctimas. Los estragos físicos y emocionales son devastadores. Las víctimas se resisten -con mayor o menor fortuna- pero todas tienen en común el sufrir de haber sido “cazadas” por uno, o, más depredadores.
Casi ningún perjudicado miente; ni hombres, ni mujeres, ni niños. En todo caso, son las mujeres y los menores, la casi totalidad de los agraviados. Cuando se delata a la “cultura patriarcal” se denuncia lo que ha sido una norma social de opresión que se pierde en el tiempo, a saber: el ejercicio de la fuerza y la intimidación del masculino en contra de las mujeres y otros sectores vulnerables. De ahí que el debate liberador de género y la educación de género, ambas combatidas por los conservadores de lo injusto, sean urgentes, de la mayor trascendencia social en Costa Rica y en todo el orbe.
Esta patología es planetaria y se encuentra presente en todos los tiempos, en todos los sistemas políticos y en cualquier parte del mundo; pero, sobre todo, es un comportamiento odioso, belicoso, inaceptable, y que hoy debe tratarse correctamente como lo que es: un delito, que hiere profundamente el tejido social y que ahonda la oquedad histórica entre la mujer y el hombre. La justicia de género es todavía una deuda que la humanidad tiene con las mujeres y con otros sectores vulnerables del enjambre social.
La denuncia en contra de Oscar Arias es, por lo dicho, creíble, digna de trámite, porque aunque todavía no haya una sentencia definitiva de juez, las probabilidades son muy altas de que el expresidente haya violentado la normativa penal. La víctima y el país no son responsables de que el denunciado sea una figura pública muy renombrada, de que haya sido laureado con el Nobel de la Paz y de que sea un expresidente de la República.
Ciertamente don Oscar tiene derecho a ejercer su defensa y los jueces a dictaminar sobre la base de la verdad real, sobre el fundamento de los hechos probados. En el tiempo de las comunicaciones virtuales, ser figura pública conlleva todavía más una responsabilidad pesada, pues casi de inmediato cualquier objeción a su vida privada y pública se convierte en debate en las butacas de la opinión publica. Ser figura pública no es un asunto sólo de deleites; la fama también acarrea responsabilidades y consecuencias pesadas.
Las denuncias valientes son difíciles y arriesgadas. La gran mayoría de las víctimas no denuncian por pena y temor; se sobrecogen ante el espanto de una autoridad descomunal, poderosa e ilegítima en todo sentido. El acoso sexual es un acto violento y despótico. No existe en el mundo ningún sistema social libre de dicha crueldad. Es un grave problema para los costarricenses y para toda la humanidad.
Esta valiente denuncia en contra del expresidente tiene tres virtudes: 1. busca justicia para la víctima; 2. anima a otras víctimas a encontrar el coraje para denunciar; 3. le anuncia a los abusadores “poderosos” que ni el dinero ni el privilegio político son refugios de la impunidad. El silencio se terminó. “Yo te creo”.

http://www.elpais.cr/2019/02/06/oscar-arias-denunciado/

Celebrando a San Patricio

Hace más de dos décadas cuando por vez primera sentí el aire salino de Boston, en una de esas orillas que quedan mirando al Atlántico frí...