miércoles, 19 de septiembre de 2018

Hoy vuelvo a votar por Carlos Alvarado



Frente a las tiranías, a los pueblos asiste el derecho a la insurrección, como en Honduras, como en Nicaragua. Pero en Costa Rica, y lo quiero decir con énfasis, no vivimos bajo ninguna tiranía.
Bien que mal, la mayoría costarricense decidió convivir con un mínimo de reglas democráticas porque, de otra manera, terminaríamos en un despiadado canibalismo.
Hace mucho tiempo y porque mi trabajo de entonces en ello consistía, fui testigo y me tocó reportar sobre las macabras consecuencias de la locura genocida en Ruanda y Perú. Lo innombrable se entrecruzaba entre hutus y tutsis, entre senderistas y el régimen fujimorista. Fueron experiencias muy amargas para dichas sociedades, experiencias que todavía se recuerdan con dolor y angustia.
Fueron pueblos secuestrados por el odio, que nadaron en el odio y se ahogaron por mucho tiempo en el odio.
Guardo dicha memoria conmigo y la ofrezco como reflexión para rechazar siquiera UN ÁTOMO de odio en la nación costarricense. Que nuestras diferencias son graves y profundas, puede ser, y no me extraña que así lo sean en la presente coyuntura. PERO en una realidad donde todos creemos tener la “verdad”, no queda otra vía que la de dirimir dichas diferencias democráticamente, por la vía de los votos.
Hoy la reforma fiscal se encuentra en manos de la Asamblea Legislativa y le toca a ella misma decidir su suerte. Es así y debe ser así. De otro modo estaríamos sembrando las semillas del canibalismo.
No se puede permitir, por ejemplo, el sabotaje en RECOPE y el bloqueo de las vías públicas, precisamente porque NO vivimos en tiranía y porque tenemos los recursos democráticos e institucionales para dirimir las diferencias.
Hoy me decidí con vehemencia: apoyo al presidente Carlos Alvarado frente a la irracionalidad de las vías de hecho, rutas que solo desazón y dolor ya acarrean a la nación costarricense. Sea la Asamblea Legislativa la que dirima esta aflicción.
La razón fundamental por la cual apoyé al joven Carlos Alvarado sigue vigente: tuvo que ver, precisamente, con la defensa del patrimonio democrático de Costa Rica, frente al asalto desvergonzado que en contra de ella tejieron, sin contemplación, los adversarios de Restauración Nacional. Había que hacer lo indecible para que la misoginia, la homofobia y la xenofobia no se apoderaran de Zapote.
No me arrepiento, ni jamás me voy a arrepentir, de haber contribuido modestamente a su victoria. Antes de las votaciones, dije sobre él lo siguiente: “La silla de clavos se la deseo a la persona indicada, al más capaz en todo y al ser humano que hoy afirma el sentido republicano de nuestra nación. Mi candidato no es ningún mesías; más bien, le pronostico momentos de tribulación, porque la silla presidencial con sus clavos duele. Y puede hasta que lo adverse. Pero con Carlos estaré seguro de que el derrotero republicano no será torcido, porque con él sabré que el INAMU no será cerrado y porque con él Costa Rica seguirá siendo parte integral del sistema internacional que protege los derechos humanos.”
A continuación seguí manifestando:
"Pero nadie mejor que Carlos para dirigir un proyecto donde ningún partido político tendrá una mayoría en la Asamblea Legislativa. Carlos en la presidencia sería garantía de autocontrol, equilibrio y sensatez. Hay que tener de natural las cualidades dichas para navegar en los inhóspitos canales de la labor parlamentaria, labor que requiere de un estilo de personalidad que no sea provocadora, que no sea impulsiva y menos que sea pendenciera. Carlos no es un iluminado o un profeta que haya dicho que posee la verdad absoluta en los asuntos públicos; su humildad tiene fundamento en su estudio, en su capacidad innata para dialogar y para concertar acuerdos. No es un hombre del “todo o nada”. Su innata condición de líder se demuestra con su aplomo, su don de gente y su decoro reflexivo.”
El señor Presidente goza todavía de mi confianza. De memoria me sé que una cosa es ser candidato y otra presidente; de memoria me sé que una cosa es tener mayoría parlamentaria y otra muy distinta es llegar con 10 diputados; de memoria me sé que con la reformas fiscales todo el mundo brinca y aúlla; y de memoria me sé que el presidente Alvarado ahora se encuentra sentado en un sillón de clavos.  Pero también sé que ahora él hace lo correcto: actuar lo mejor que se pueda para apuntalar la gobernabilidad económica de la nación.
Recordando las anteriores razones por las cuales apoyé a Carlos Alvarado, las vuelvo a RATIFICAR para decir, otra vez, que el señor Presidente goza de mi entera confianza, que no me ha defraudado.

https://www.elpais.cr/2018/09/19/hoy-vuelvo-a-votar-por-carlos-alvarado/


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domingo, 9 de septiembre de 2018

Carlos, la huelga y el lenguaje democrático

Hoy asistimos, en nuestra patria, a una guerra declarada en contra del lenguaje, de la palabra misma, que es decir de la inteligencia y de nuestro mejor “yo” colectivo.
Verdad es  que dicha guerra ha impedido una claridad pública, indispensable, frente al debate de la reforma fiscal. Conviene exponer algunos presupuestos que sobre el tema se vinculan entre sí y que se asumen desde la filosofía política.
Elegir de presidente a Carlos Alvarado resultó en una RESISTENCIA urgente frente al extremismo antidemocrático de los restauradores, resistencia que no debe interpretarse como un cheque en blanco en favor del novel gobernante.
Quienes apoyamos a Carlos Alvarado debemos ser, ahora, los celosos fiscalizadores de su obra en marcha y de sus convenciones discursivas.
Dichosamente, en todo caso, el corazón de la democracia tica se salvó, pero dejando los pelos en el alambre.
Ahora el cataclismo inmediato es otro: jugar a la ruleta rusa con la debacle fiscal. Se sabe que no hay chocolate sin cacao, y que el chocolate ha de ingerirse con ciencia. La borrachera del cacao se terminó.
El sobresalto eleccionario, el último, dejó una Asamblea Legislativa muy fragmentada, poco brillante, y con una representación de gobierno en extremo minoritaria.
Carlos Alvarado gobierna con una cuota muy disminuida de poder, con una cuota de poder que le complica sus iniciativas legislativas y que obliga al malabarismo y al pragmatismo. Así lo decidió el elector, fue la voluntad del soberano.
La democracia no es el reino de los cielos, sino un campo abierto de posibilidades, en constante conmoción y redefinición, originalmente inspirada en el liberalismo político. He recordado.
La democracia no es la justicia social, sino tan solo su antecedente. La democracia es la posibilidad de la libertad, la posibilidad de la justicia social y la de cualquier otra justicia. Si los trabajadores del mundo exhiben logros, muchos o pocos, ellos nacieron desde la libertad para la libertad. Nacieron en el itinerario de la democracia.
Hoy, ahora, con los nuevos aires de resistencia -después de superado el trepidante susto electoral- hay que volver a convocar voluntades para reinventar la palabra y su abecedario democrático.
No hay democracia sin discurso democrático. Sin abecedarios nadie escribe. Y sin un texto nadie lee, nadie interpreta. Y las patrias se hunden. Y las patrias se van. Los sueños se destiñen y huyen de la famélica palabra. Algunos nunca volverán.
Sin un discurso común, democrático, la inteligencia se exila y los desencuentros se expanden, como epidemia en casa propia.
La renovación de los lenguajes plurales se convierte, entonces, en una urgente necesidad nacional. Quizá, en su primera necesidad, la más estratégica. Pues su impacto se mide en generaciones, y en términos de su alfabetización democrática.
No es que no podamos hablar en lenguas angelicales; el problema es que los asuntos públicos de hoy carecen de un idioma común, -en intención y significado-  uno que todos podamos entender, con la idea de poder resolver los apremios políticos, culturales y económicos de la nación.
Sin un idioma político afinado y común, es casi imposible proponer y ser entendido bajo las luces de un reflector inteligente y gentil.
Urge lo más urgente: un lenguaje común que permita negociaciones políticas racionales, diálogos inteligentes, en aras del bien común. Porque urge mucho, muchísimo,  solucionar ahora tanta cosa pública, pero sobre todo, la agonía fiscal.
¿Por qué así lo digo? Simplemente porque pensar, dialogar y hasta resolver los múltiples desafíos de las comunidades, requiere todo de discursos o convenciones discursivas mínimamente lógicas, mínimamente racionales y mínimamente coherentes.
Cuando ello falla, la coherencia, como virtud del pensamiento, se vuelve indigente.
La coherencia, así referida, es coherencia lúcida e informada, es coherencia equilibrada y distante de la superchería, es la palabra requerida, la palabra urgente, pues ella es la columna vertebral del discurso democrático y de sus aspiraciones libertarias.
En este caso, la incoherencia es el rostro de la banalidad, es el rostro de la ineficiencia, y sin duda, la entrada de una puerta ancha que conduce a la corrupción.
No son palabras bonitas. Se trata de encontrar un método comunicacional que permita solventar los problemas, los nudos, que la concretud  presente, como la malignidad de la crisis fiscal.
Sin coherencia, el animal político no podrá parir el porvenir.
Otra vez: ¿por qué así lo digo? Porque no es únicamente la pobreza material lo que aflige al país, sino  que también lo aflige una cierta miseria verbal, junto a una crónica desnutrición de la razón.
No me arrepiento, ni jamás me voy a arrepentir, de haber contribuido modestamente a la victoria electoral del presidente Alvarado. La libertad tiene sus prioridades y el pueblo demócrata sus obligaciones.
Pero el presidente Alvarado se encuentra conminado a ejercitar la gramática del demócrata y a traducir los lamentos del pueblo.
Se ha fallado en el mensaje justificante del plan fiscal. Existe una desorientación masiva innecesaria y una carencia de “pedagogía” de parte del gobierno.
El pueblo no es experto en teoría tributaria, pero sí es sobradamente conocedor “del peso más, del peso menos.” El pueblo sufre y no es metáfora. Cuando la comida y la vivienda suben de precio, tanto como los precios del transporte y la medicina, el pueblo sufre. Se entristece más de la cuenta. Su esperanza se fatiga. Se enoja.
Yo recuerdo -cuando mis tiempos fueron las edades de las vacas flacas- cuando alguna vez por falta de una moneda no tomé el bus que me llevaría a la ciudad, porque la escasez era la norma; siempre mirando al suelo, buscando dicha moneda en la polvorienta vereda de una finca. Uno nunca perdía la fe de encontrarla, la moneda, antes de la aparición del transporte y uno deseando que llegara tarde.
Para el pueblo modesto no existe impuesto pequeño.
El Presidente de la República debe ser el primero en decirlo, en reconocerlo, con una actitud de empatía hacia los que menos tienen, porque no son menos personas que los ciudadanos que tienen mucho, o, menos gente, frente a quienes, simplemente, tienen más.
Al pueblo humilde ha de tratarse con el mayor decoro. Con frecuencia los gobiernos lo olvidan, porque la conversa con los profesionales y los grandes burgueses encandilan los pasillos de la agenda.
No. Sean los vulnerables, los desposeídos, los ojos del gobernante. Gobernar se debe con la razón y el corazón. Ello es el canto general de un buen gobierno.
Pero los cantos de la presidencia deben ser divulgados y explicados, dialogados y rectificados, en el mejor de los lenguajes: el inteligible. Sin él, la justicia multiplica su lentitud y la libertad se sofoca con temperaturas abusivas. Al finalizar la jornada, el ingenuo exclamará y preguntará: “pero por Dios, ¿de dónde salió el estallido social?” La pregunta  llegó tarde.
¿Qué otra cosa puede sentir el pueblo cuando oye que la canasta básica podría ser gravada? Porque para las mayorías la palabra “impuesto” es sinónima de “machetazo”. Y la palabra “gobierno” es sinónima de “corrupción”. ¿Le explicó bien al país, el presidente Alvarado, en qué ganan y en qué pierden los humildes?
Porque al pobre le gusta ganar, no le gusta perder, quiere consumir y no quiere sufrir. Prácticamente, en ese sentido, el discurso del pobre se asemeja al del rico o al de un clase media. Igual, ello debe respetarse y entenderse  dicho sentir en toda su dimensión política y emocional.
Nuestra democracia no es la democracia de una sola clase social; es una democracia policlasista, donde empresarios y trabajadores, estudiantes y vendedores ambulantes, empleados y desempleados, optan por convivir en paz y a la sombra de una economía capitalista.
Esa es la realidad que el pueblo acepta y defiende.
El pueblo  construye dicha realidad, en su texto, en franca pugna con los privilegios y el abuso del capital.
Yo sé, conozco, de las buenas y honestas intenciones del presidente Alvarado. Fácil se adivina que quiere ser un exitoso “gerente”. Fácil se adivina su deseo de sacar al país, con bien, de la presente crisis fiscal. Pero no es ocioso recordarle, si fuera el caso, que Costa Rica no es Amazon, ni Google, ni Walmart.
El país requiere de un presidente y no de un administrador. Si no, ¿para qué  la política?, ¿para qué la democracia?, ¿para qué la razón? ¿para qué el diálogo y la paz?
La patria no necesita de dichos capitalistas para plantar modelos de eficiencia en nuestros asuntos públicos. Porque ninguna transnacional nos va a enseñar cómo hacer patria. La patria policlasista se construye a través de un abecedario democrático común, inclusivo y racional.
Pedirle al pobre sacrificio es muy delicado, es un acto moral de traición si dicho acto carece de sólidos fundamentos y de justificaciones pertinentes. El presidente Alvarado lo sabe.
Cuando digo “pueblo” entiéndase los humildes y los pobres.
La patria la hacemos entre nosotros. El Ejecutivo explicándole bien al pueblo y a los diputados la intención y la técnica de la reforma tributaria. Y los legisladores actuando con responsabilidad, proponiendo luces para desentrabar el “debate”.
No me parece, en las actuales circunstancias, que el llamado a la huelga nacional traiga un beneficio. No trae ninguno. El sindicalismo que hoy demanda el país es uno que proponga soluciones a los problemas nacionales, de manera que coadyuve a la gobernabilidad democrática, laica y social de toda la comunidad.
A la cúpula sindical le asiste el derecho a la huelga, pero no le asiste la reverencia de la razón. No ahora. El pueblo no está claro, y se pregunta que si lo que defiende la alta burocracia gremial son los privilegios de unos pocos muy poderosos, que con sus gollerias gravitan en el sector público, o, si su quehacer es una pose demagógica para enhebrar a los más pobres a una tela de oscuros e inconfesables intereses.
La pregunta es válida:   ¿por qué defender el enganche salarial de los médicos?,  ¿por qué defender el goce de anualidades irracionales?, ¿por qué defender dedicaciones exclusivas inmerecidas, con pagas desiguales entre “iguales”? ¿Es justo que muchos miles, de los 26.800 funcionarios públicos, gocen de privilegios aberrantes?  ¿Es honrado decir que una burocracia sindical, que dice representar al 13% de la fuerza laboral, en el mejor de los casos, tenga el atrevimiento de proclamar como suya la representación del 83% restante que trabaja en el sector privado?
¿Hace bien la Asamblea Legislativa en proponer exonerar de impuestos a quienes pueden pagarlos, llamesen iglesias, cooperativas, zonas francas, salud privada, educación privada y otros?
No se vale defender parcelas sin proteger todo el territorio.
Con todo, no me parece inconveniente que el Presidente converse con la burocracia sindical, incluso en media huelga, aunque los jueces la declaren ilegal. Las procesiones hay que mirarlas de cerca y no de lejos; quizá hasta caminarlas, a paso medido y contado. Pero caminarlas.
Requerimos de convenciones discursivas mínimamente lógicas, mínimamente racionales y mínimamente coherentes, para resolver los múltiples desafíos que la nación encara, no solamente los del plan fiscal. Lo demás es voluntad patriótica.

https://www.elpais.cr/2018/09/09/carlos-la-huelga-y-el-lenguaje-democratico/

martes, 4 de septiembre de 2018

El caso de Paola Vega: un respetuoso intercambio de opiniones


"Don Allen, qué opina del hecho de que; el Gobierno de la cual doña Paola es parte, llegó sl poder utilizando la Iglesia por medio de la “campaña de la Negrita” ?? Indudablemente, este fue el factor que inclinó la balanza: los católicos terminaron por decantarse por el PAC, a pesar de todo, con el argumento de que eran los “defensores de la Fe”. Se vale eso don Allen?"
MI RESPUESTA
"Don Gustavo: muchas gracias por comentar y preguntarme. Con la democracia pasa, a veces, como lo que ocurre con algunos acalorados juegos de balompié. El evento se descompone, los futbolistas se tornan violentos y de las gradas llueven sillas y escupitajos. Y al árbitro hay que sacarlo entre policías, esconderlo y pagarle otro hotel. En principio, en buena teoría, ello no debe ser así. Lo cierto es que ocurre, ocurrió y seguirá ocurriendo.
En todo caso, lo que sí defiendo es que a todo aspirante a presidente, sea quien sea, le sean buscadas todas sus pulgas. Por ello, la libertad de prensa debe al máximo defenderse, aunque no sea ella una garantía 100% de la “verdad” cualquiera que ésta sea.
Claro que el país necesitó saber quien era Ronny Chávez por una razón: por la cercanía casi íntima entre él y Fabricio Alvarado, porque este “mesías” no era una persona cualquiera, sino un fanático religioso de mucha influencia. Ese era un dato que no podía permanecer en el closet -como lo quiso siempre así el diputado Carlos Avendaño- porque en una democracia que se precie de serla, ésta debe ser capaz de levantar enaguas y sotanas a tirios y troyanos. En una contienda electoral, ello no solamente es deseable sino casi hasta obligatorio, sobre todo observando que el ciudadano enfrentaba la novedad de tener que elegir entre un proyecto filo teocrático y otro democrático.
La grosería y el analfabetismo político desplegado en contra Paola Vega, en nada se parece, ni nada tiene que ver, con la justa necesidad de saber lo importante que Chávez era en la vida de Fabricio Alvarado. Después de todo, este caballero pudo haber llegado a la presidencia, a dirigir su destino político, lo que, a mi juicio, nos hubiera llevado, como país, a un alucinante mundo plagado de malas consecuencias, todas ellas para nuestra democracia y sus valores republicanos."

lunes, 3 de septiembre de 2018

Solidaridad total con Paola Vega

Paola Vega es una diputada culta y sagaz, heroína de la democracia y fiel abogada de la libertad. El padre Sixto Varela no sabe lo que dice, no supo lo que hizo, pero sí pudo ofender de la manera más rastrera posible a una representante del pueblo, a quien le asiste toda la justicia y toda la razón.
Ofendió el padre Varela el decoro ciudadano, con maldad, y en detrimento de los principios liberales y republicanos de nuestra nación.
Conviene que las instituciones religiosas y del estado convivan en paz y completamente separadas  unas de otras. Este entendimiento protege la libertad de quienes creemos, la libertad de los que no creen y, sobre todo, es un ingrediente esencial para la paz.
Por eso mismo, sigo concluyendo que el propio engendro del partido Restauración Nacional está viciado por nunca haber considerado la trascendencia histórica de separar lo religioso y lo político.
La laicidad no es un capricho o una extravagancia; la laicidad es un concepto que se fue labrando a raíz de  las infames guerras religiosas. La democracia le puso un freno a la intromisión del clero en los asuntos públicos y se instauró con ello una política secular de estado, piedra de la democracia occidental.
Hoy en día las instituciones religiosas no pueden ni deben funcionar al margen de la democracia.  Nos guste o no, el Estado debe representar en buena teoría a todos los ciudadanos por igual, con independencia de credos y no credos.  El estado no debe ser el nido de una buena o mala teología, ni el castillo de una buena o mala ciencia.
Es que el Estado no debe confesar otra cosa que la democracia y su adhesión a  los principios republicanos del liberalismo político. Nos guste o no el Vaticano ha sido condenado en los estrados judiciales estadounidenses, en los billones de dólares, por su corrupción y abusos sexuales; el mensaje es claro: se terminó la impunidad. Conviene recordarle al padre Varela que la autoridad moral del clero católico anda por los suelos y que se arrastra podrida. Las personas que esto lean saben a lo que me refiero.
La iglesia (cualquier iglesia), sus instituciones y su clero no pueden ni deben estar por encima de la ley y de su institucionalidad democrática. La iglesia debe responder por todos sus actos frente al conjunto de la sociedad, y a sus feligreses les asiste el derecho al democrático manejo de sus congregaciones. No digo todo esto con encono ni mucho menos, pues estas palabras son el fruto de una mente serena y hasta callada; lo digo porque es mi deber como ciudadano de una república democrática alertar a mis compatriotas sobre el peligro de mezclar política y religión. Y no me cansaré de hacerlo.
La civilización occidental, de la cual somos parte, se fue abriendo paso al fragor de interminables y crueles guerras lideradas por la Iglesia en las praderas del mundo medieval y del moderno.
La Guerra de los 30 Años (1618-1648), por ejemplo, marca una etapa arteramente cruel y genocida entre cristianos católicos  y cristianos reformados, guerra de las casas imperiales europeas que se disputaban el control político de Europa, sangría que tuvo que hacer un alto con la firma del Tratado de Paz de Westfalia. Toda iglesia cristiana del mundo debería dedicarle, al menos, un sermón al año a esta tragedia y con ello reflexionar sobre los incendiarios peligros de mezclar política y religión.
Ciertamente los Estados del norte de Europa llevan bien en su pecho las lecciones aprendidas de la cruel intolerancia religiosa, flanqueados por el alto nivel de responsabilidad cívica de sus iglesias nacionales y de sus ciudadanías.
En Costa Rica no existe dicha tradición, no tenemos la madurez cultural de sociedades como la noruega o la sueca, para entender plenamente el lugar que ocupa la religión en una sociedad democrática.  En nuestro medio, entonces, resulta justificado conferir laicidad al Estado como un ingrediente que contribuye a la causa de la paz y la igualdad ciudadana. Llegó la hora de terminar con las exenciones fiscales que se otorgan a la Iglesia; llegó la hora de poner a tributar a todas las iglesias.
Siendo nuestra sociedad tan permeable frente fundamentalismo religioso de cualquier signo, es consecuente, en nombre de la libertad y la democracia, delimitar con mejor certidumbre las restricciones que de lo público deban tener las instituciones religiosas. No es capricho lo antes propuesto, pues no es un secreto que ciertas toldas religiosos buscan denodadamente el poder político, lo cual es muy peligroso como lo ilustra la historia.
A Paola Vega yo le digo, “diputada siga adelante, no desmaye, que por lo que usted cree, yo tambien pongo el pecho.”

https://www.elpais.cr/2018/09/03/solidaridad-total-con-paola-vega/

jueves, 30 de agosto de 2018

En el desierto, la amistad

En honor a Nancy...

Viajar en el desierto es peligroso. Una vez lo hice, en México, con la mayor precaución. El Desierto de Sonora tiene 311,000 kms cuadrados. Todo él es impresionante. Volviendo la mirada atrás, rememorando sus sobrecogedores y alucinantes paisajes, y lo pequeño y vulnerable que uno es, me es providencial ahora discursar sobre el valor de la amistad.
Puede ser que en la travesía te desmayes a causa del calor o que quedes cegado por la luz. Pero hay cuevas que proporcionan sombras seguras. Hay lugares, hay momentos, y hay personas, que dejan en ti un rastro de belleza, en medio del desierto, en medio de sus cuevas, en medio del día árido y cálido, en medio de la gélida noche y del estruendoso silencio.
Fueron ellas las rosas de mi desierto.
Las mejores travesías se recorren en la geografía del alma. En ellas, se llega lejos, más lejos de lo sospechado. Cuando el alma recorre el desierto, y cuentas los pasos como el tic tac de un reloj desfallecido, y aparece la persona o la tribu precisa, te das cuenta de lo mucho que vale una gota de agua, que se transforma en un dulce mar, y de lo mucho que vale una sombra que se vuelve noche estrellada y primaveral.
Amo a los amigos nacidos en las enredaderas de la primavera, que las flores intercambiamos; pero a los amigos que nacen del revuelo del desierto, de su arena y de su sed, del cactus y de su cueva, de la espina y de su frío, yo les susurro ternura a ellas, a ellos, que son hermanas, hermanos, del silbido del amor probado y la amistad encendida.
El amor, así dispuesto, no es distracción ni emoción, sino amistad fraterna. Planta escasa y de difícil cultivo, que es cúspide por encima de sus lindas hermanas, magnificente entre la flora. No es en el dar o en el recibir, sino en el “juntos forjar”, donde el amor encuentra su fina seda, donde encuentra su lecho prodigioso y su pulcra estampa, porque no hay mayor ciencia que la del amor fraterno, que es decir, amistad cumplida.
"Porque tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber, fui forastero y me recibiste".
Por la vida he pasado por muchos exilios y a todos sus desiertos sobreviví, conmovido, más bello y más profundo. Con la arena hice flores de amaranto que al viento ofrecí, y que una nube llovió como loca, entre brisas asombradas. La amistad nacida en desiertos, forjada entre sed y luz quemante, no es otra cosa que amor profundo y sincera insurrección. Sea memoria el desierto en nuestro conmovido corazón y sea también aurora del porvenir.

https://www.elpais.cr/2018/08/29/de-la-amistad-fraterna/


domingo, 26 de agosto de 2018

La guerra contra la cultura democrática o la sociedad decente

Una sociedad decente no solamente se nutre del cúmulo de sus instituciones democráticas, de las dinámicas y formalidades que ellas contengan; la sociedad decente también aspira a tener entre las masas una profunda cultura democrática.
La democracia no tendrá sostenibilidad ni legitimidad al pasar del tiempo, si la cultura democrática se deteriora, si nuestros hábitos democráticos se corrompen y olvidan.  
Cuando el pueblo, o parte de él,  empieza a alardear de su propio analfabetismo en el tema democrático, cuando dicho analfabetismo se pavonea, con su hiriente plumaje, y aspira a convertirse en el árbitro del destino patrio, Costa Rica se encuentra, entonces, en un peligro mayor que el imaginado. “Negras tormentas agitan los aires, nubes oscuras nos impiden ver. Aunque nos espere el dolor y la muerte, contra el enemigo nos llama el deber. El bien más preciado es la libertad, hay que defenderla con fe y con valor (...)”, dice un conocido himno libertario.
La actual situación de analfabetismo político, de injuria contraria a los valores democráticos, existe en sectores no pocos de nuestra población. El hecho no es grave sino gravísimo. Lo ilustró el patético comportamiento de centenares de trogloditas, ávidos de circo y de leones.  Son tan ignorantes, tan despiadadamente burdos, que nada racional ni de bien pudieron exhibir. Pero son peligrosos. La ignorancia siempre lo es (peligrosa), e incrustada entre las masas se transforma en epidemia ruin y en calamidad mugrienta.
No de otra cosa se alimenta el fascismo, sino de la carroña vertida en las superficies de la descomposición social, causando un odioso caos semántico.  La palabra pierde, entonces, todo significado de realidad hasta convertirla en un macabro carnaval, que bordea la esquizofrenia y el frenesí por la maldad y hasta por el crimen.
El lumpen urbano, y sus aprendices, no saben todavía que son fascistas, pero actúan y caminan como fascistas, hasta el día en que el demagogo los organice, les compre el alma y los alimente con más basura. Entonces, el caudillo populista los coronará “fascistas”, y merecedores de tan siniestra unción.  
No siempre cultura e instituciones democráticas van de la mano, juntas, en armonía. La disparidad entre ellas puede llegar a ser abismal. Cuando el pueblo o parte del pueblo se transforma en gentuza y turba, en vulgo amurallado por el odio y la ignorancia, ello indica que boquetes perversos se han abierto en la siempre vulnerable epidermis de la libertad y de sus instituciones políticas.
Es así como la democracia empieza a parir agonía. Es así como el escudo de los derechos humanos, la más formidable conquista jurídica de la humanidad,  es víctima de ultrajes, agravios y desprecios.
En efecto, hay toda una ofensiva -encabezada desde Washington- para decretar, si no la muerte, sí la naturaleza intrascendente del derecho de los Derechos Humanos y de su fundamento doctrinal.
Son malos los tiempos que corren hoy, con la libertad herida y vejada, con la dignidad de la humanidad pisoteada, como para que nuestra nación no tome nota de ello. No es casualidad que aparejada a la xenofobia hayan brotado la homofobia y la misoginia de manera tan estruendosa como ahora.  Tomemos nota seria de tan múltiples amenazas.
Costa Rica vive hoy una etapa muy crítica. Como nunca antes -después de la guerra civil de 1948- las instituciones democráticas del Estado se han deteriorado tanto; y como nunca antes la cultura democrática de nuestro pueblo se ha encontrado en jaque.  En estos dos frentes de batalla se abrieron profundas heridas. Nuestra democracia hoy sangra; mientras el populacho clama por la arbitrariedad y el despotismo.
Que dicha canalla sea mucha, o sea poca, no es el punto esencial a discernir; lo que importa contabilizar, como fundamental, es si nuestra nación tiene el músculo y el arresto para defender y hacer prevalecer los valores republicanos.
Importa saber si nuestra nación tiene las reservas democráticas para triunfar. Importa saber, finalmente, acerca de la corpulencia cívica y ciudadana, para  combatir a quienes pretenden palidecer, y hasta exiliar, los valores de la libertad y los derechos humanos; juridicidad ésta sin la cual hoy sería imposible hablar de democracia y de  ética democrática. No podemos, bajo ninguna circunstancia, dar por legítimo el debate que ponga en duda nuestra humanidad y la del prójimo. Al respecto, cero tolerancia.
No se confunda el deber que tiene Costa Rica de procurar soluciones, conforme a la ley,  a la crisis migratoria; y no se confunda dicho deber con los llamados al odio en contra las familias nicaragüenses. Este “criterio” es  criminal y ajeno a toda cultura democrática, es contrario a nuestro estado de Derecho y a los más preciados principios de justicia y concordia.
Se marchó, el pasado sábado, no solamente en desagravio a las familias nicaragüenses. Se marchó, también, por los costarricenses, por nosotros mismos. No debemos permitir más boquetes en el navío de nuestra democracia. Hay que exigir de nosotros mismos un poderoso renacimiento de la cultura democrática, un nuevo amanecer en la conciencia ciudadana. Sin cultura democrática somos nada. La xenofobia es sinónimo de tiranía, y de afrenta a lo que siempre debemos ser: un pueblo de sólida cultura democrática.
La vida del inmigrante no es fácil, yo soy uno de ellos; no he sido ajeno a la experiencia de cargar el viacrucis del lamento,  de la herida y del silencio, como llevado muy dentro, muy recogido, y con una actitud de ojos cerrados, hasta el último rincón del alma.
No solo es el cuerpo, sino también el espíritu, el que resiente las vicisitudes del mucho o poco periplo.  Pero nos sobrepusimos y nos sobreponemos. Cruzamos al otro lado de la orilla, buscando el lado cálido y menos pesado de esta ingente travesía.  
No hay tal cosa como “el sueño americano” o como “el sueño costarricense”; no, lo que cuenta, es el sueño de uno mismo. Porque no hay sueño mayor que ése, como de suyo fue siempre el verso que declamó el Poeta Darío, lleno de una propia identidad.  
Cada uno habrá de encontrar la identidad a su modo. Yo la encontré conversando con Dios. Porque hay mujeres y hay hombres, que no solamente migran de una tierra a otra; hay también quienes migran entre las laderas y las montañas del propio corazón. Así llegué a Dios y así me bañé de su libertad.
Con Amado Nervo me digo:  Porque veo al final de mi rudo camino que yo fui el arquitecto de mi propio destino; que si extraje las mieles o la hiel de las cosas, fue porque en ellas puse hiel o mieles sabrosas:cuando planté rosales coseché siempre rosas.”
Pienso en el pescador. En Paco. Así, él, conoció lejanías y profundidades con su frente de viejo y su mirada cansada. Hombre sabio que nunca se alejó de su pequeña aldea. ¿Quién le pediría a don Paco un pasaporte si lo suyo fue brillar entre los peces? ¿Quién?  ¿Quién le podrá reprochar el haber nacido humano? ¿Quién?
¿Quién es uno para juzgar? ¿Quién es uno para pedirle factura moral a toda una nacionalidad? Simplemente es absurdo y purulento. Infame e irracional. Sería tan loco como decir “fuera todos los pecadores de mi país”. Sería manía del extraviado mental que clama por “una humanidad sin humanos”. Al grito de “fuera nicas” nuestra humanidad se desdibujó. Nuestra condición de humanos se degradó. Nuestras luces democráticas se apagaron. Y el vuelo de la libertad se truncó.  
Pasa que en la familia humana hay buenos hijos, otros, regulares, que son muy bellos e interesantes, y los hay malos y hasta los muy malos. ¿No es acaso ello el sello de la historia de la humanidad? ¿No es acaso ello la indeleble marca personal que de común nos hace humanos? ¿No acaso la cultura democrática debe partir de dicha e inobjetable realidad, para errar menos y pulir la compasión que uno se debe y se le debe al prójimo?
A las familias nicaragüenses yo les ruego perdón.
Los recuerdos me embargan.  Miro, me empapo, de unos tiernos ojos, allá entre flores y arbustos, que acompañaron al niño inocente con su pequeño uniforme de escuela pública, y me recuerdo de la mirada distraída de la niña, sin mácula, que el himno de su matria aprendió entre nosotros, tal cual las estrofas de nuestro himno mayor. ¿No es bella la ternura, no es bella la solidaridad?
A mis compatriotas: la milla extra se recorre, y con brío se recorre, cuando la justicia nos pide cabalgar, sí, sin desmayo, sus leguas de libertad; mejor todavía, sea cada galope uno de amor y cada bocanada de aire la saciedad de un deber cumplido. Defendamos la democracia con fe y con valor.  Costa Rica lo merece y vale la pena.

https://www.elpais.cr/2018/08/26/la-guerra-contra-la-cultura-democratica-o-la-sociedad-decente/


sábado, 25 de agosto de 2018

Yo les pido perdón

La milla extra se recorre, y con brío se recorre, cuando la justicia nos pide cabalgar, sí, sin desmayo, sus leguas de libertad; mejor todavía, sea cada galope uno de amor y cada bocanada de aire la saciedad de un deber cumplido.
No es que hable bonito, es que soy un hombre sentido, tan sentido como las Cuatro Estaciones de Vivaldi y tan sentido como en los versos del Apóstol Martí: “Yo soy un hombre sincero/De donde crece la palma,/Y antes de morirme quiero/Echar mis versos del alma./Yo vengo de todas partes, Y hacia todas partes: Arte soy entre las artes,/En los montes, montes soy. (...)”

A ti Nicaragua te invoco bendita, madre entre las madres, en las horas agónicas y de llanto que desesperan los alivios de la libertad y el cobijo de la mano amiga. Miro, me empapo, de la tierna mirada, aquí entre flores y arbustos, del niño inocente y la mirada meditabunda de la niña, sin mácula, que el himno de su matria aprendió entre nosotros tal cual las estrofas de nuestro himno mayor.
La vida del inmigrante no es fácil, yo soy uno, y con frecuencia se carga el viacrucis del lamento, la herida y el silencio, como muy adentro, muy recogido y con los ojos cerrados, hecho un puño en el frío del último rincón de donde habita el alma. No solo es el cuerpo, sino también el espíritu. el que resiente, vejación y odio.
¿Quien es uno para juzgar? ¿Quien es uno para pedirle factura moral a toda una nacionalidad? Simplemente es absurdo y purulento. Infame e irracional. Sería tan loco como decir “fuera todos los pecadores de mi país”.
Porque en la familia humana hay buenos hijos, otros, regulares, que son muy bellos e interesantes, y los hay malos y hasta muy malos. ¿No es acaso ello el sello de la historia de la humanidad? ¿No es acaso ello la indeleble marca personal que de común nos hace humanos? ¿No acaso la cultura democrática debe partir de ello para errar menos y pulir la compasión para uno mismo y para el prójimo?
Creer lo contrario es poner a Dios en ridículo y hacer de sus ángeles mercenarios. Creer lo contrario es invitar al sufrimiento y a la degollina, a una danza macabra. Yo le pido perdón a todas las familias nicaragüenses, perdón ante los ojos de sus niñas y de sus niños, ante la inocencia y el vigor del futuro.

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