miércoles, 16 de enero de 2019

Las deudas con los Pueblos Indígenas



El etnocidio universal continuado de los Pueblos Indígenas, ya de muchos siglos, no se ha detenido y Costa Rica debe reparar hoy sobre tanta doblez. Cuando digo “Costa Rica” me refiero a todos “nosotros”, y por “nosotros” entiéndase en este texto a los deudores históricos, los habitantes de la tierra costarricense, que de generación en generación (siglo tras siglo) han transmitido las dos perversidades mayores heredadas de la colonia: el racismo y la exclusión económica-cultural en contra del indígena.  


Lo que he podido recabar sobre la situación sobre los ocho Pueblos Indígenas costarricenses  (hablo de los 8 grupos socioculturales indígenas distintos: Cabécares, Bribris, Ngäbe-Buglé, Térrabas, Borucas, Huetares, Malekus y Chorotegas), delata en la sociedad tica un saldo adverso a pesar de algunos esfuerzos oficiales en sentido constructivo.


Cuando hablo sobre el Estado de Costa Rica, ello abarca las responsabilidades que incumben no solamente al Poder Ejecutivo, sino también a los otros Poderes Supremos: la Asamblea Legislativa, la Corte Suprema de Justicia y el Tribunal Supremo de Elecciones, junto a   otras instancias derivadas de los Poderes mencionados, tales como la Fiscalía General o la Defensoría de los Habitantes.


El Estado de Costa Rica se obliga a la aplicación de los  estándares de los derechos humanos precisados por tratados y acuerdos internacionales, como por ejemplo, la Declaración sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas, la cual fue avalada por nuestro país  en el 2007.


Por el lado positivo, el Estado costarricense concretó una iniciativa que la comunidad internacional sigue celebrando, en particular la Comisión de Derechos Humanos de la ONU, al generarse en nuestro medio un Mecanismo General de Consulta a los Pueblos Indígenas.


Este Mecanismo significó preguntarle a dichos Pueblos cómo debían ser consultados y elaborar junto a ellos un reglamento de cómo consultarlos; es decir, el proceso fue una consulta sobre la consulta. El producto de dicho esfuerzo fue un decreto ejecutivo del anterior gobierno que firmó el expresidente Solís, y de acatamiento obligatorio para todas las instituciones que conforman el Poder Ejecutivo.  Vale la observación de que, en general, los medios colectivos de información invisibilizan este tema, y le ha correspondido a el diario digital Nuestro País  la honra de ser la excepción junto al Semanario Universidad.


Cumplió así Costa Rica con una de las recomendaciones que la Relatoría Especial sobre los Pueblos Indígenas de las Naciones Unidas le hiciera al país en el 2012. El asunto se tradujo en etapas claras, sencillas y debidamente normadas. Fue un trabajo de dos años en la que participaron un poco más de 5.000 indígenas de todas las comunidades étnicas junto a las autoridades del gobierno central.


Otro paso positivo muy reciente, casi el único que ha hecho la Asamblea Legislativa costarricense en esta materia, a través de su Comisión de Derechos Humanos, es que decidió mandar a consultar a los Pueblos Indígenas, un proyecto de ley para reconocer al  Pueblo Ngäbe-Buglé como costarricense, ya que este último es todavía un pueblo apátrida en nuestro territorio sin derecho a una cédula de identidad, debido a su condición de pueblo transfronterizo con Panamá.


Otro avance: fruto de la presión interna e internacional, fue el que convenció al gobierno del presidente Alvarado a dar marcha atrás en cuanto a seguir avanzando con el megaproyecto hidroeléctrico El Diquís. Ello es, sin duda, la victoria popular más importante de la ciudadanía en la vida cívica del país, una que clamaba por el respeto a la autonomía indígena en los territorios asignados y por la defensa de los recursos naturales. Al efecto, contó con el acompañamiento de las Naciones Unidas, en la voz de James Anaya, entonces Relator Especial, y cuyo antecedente es el documento que sigue.


Por otro lado, han pasado 25 años sin que la demanda fundamental de autonomía de los Pueblos Indígenas haya sido atendida por la Asamblea Legislativa.  Que el Congreso no haya votado el proyecto Ley de Autonomía Indígena, expediente 14.352, constituye la más grave violación a los derechos humanos hecha a los Pueblos Indígenas de Costa Rica.


Las preguntas surgen del porqué la Asamblea Legislativa no ha cumplido con sancionar un derecho humano fundamental de una parte de su población urgida de su pleno goce.  Hay derecho a preguntarse razonablemente sobre el estado de una cultura racista que todavía persiste en la sociedad costarricense de manera no manifiesta, no explícitamente racista, sino una que de manera velada se ha transmitido, producto del hábito y la costumbre, en las formas de pensamiento y en el actuar de la sociedad costarricense, prejuicio que claramente involucra a las diputadas y a los diputados.


Porque una de las manifestaciones “incoloras” de racismo, sobre todo en sociedades abiertas y democráticas como la costarricense, radica en la subestimación del “problema indígena”, puesto que con negativas actitudes de toda índole dicho rompecabezas se ve como un asunto menor o no urgente, porque el indígena se ha considerado desde siempre en “una cosa” marginal, a pesar de que el discurso imaginario del “blanco”  recite lo contrario.


Cabe destacar lo paradójico del problema en el Estado. El gobierno pasado del expresidente Luis Guillermo Solís Rivera, como el del hoy sucesor, Carlos Alvarado Quesada, son constructivos en sus políticas y visiones del problema indígena y son personas muy comprometidas con los derechos humanos.  


Sin embargo, en una democracia el Ejecutivo solamente tiene una parte del poder. La gran falla que todavía existe en Costa Rica proviene de su Asamblea Legislativa, de su olímpico historial ayuno de compromisos serios para tramitar lo que es debido, en un tiempo razonable, actitud que denota una ausencia de voluntad política en este tema, a pesar de los esfuerzos de algunos diputados en diferentes legislaturas y del Poder Ejecutivo. Sin duda no es ocioso subrayar la actitud inoperante e ineficiente, ya habitual, de todas las Asambleas Legislativas, que por décadas no han sabido priorizar en sus agendas un tema de derechos humanos fundamental para la salud social e integridad cultural de Costa Rica.


Esta situación ha creado una tensión permanente entre el discurso oficial y el popular en favor de los derechos humanos, frente a una realidad que clama ser deficitaria en el tema y que se expresa en las más diversas situaciones.  Así, por ejemplo, los Pueblos Indígenas siguen inconsultos con respecto al megaproyecto eléctrico Diquís que afectaría gravemente su territorios, a pesar, como antes dije, del encomiable retiro que el presidente Alvarado hizo del mismo de su agenda presidencial.


Se enfrentan estos Pueblos ante una acción ilegal del Estado costarricense que declaró dicho proyecto “de conveniencia nacional” con subsecuentes prerrogativas violatorias de la soberanía indígena sobre sus territorios. Lo de la “conveniencia nacional” es un decreto de un anterior gobierno neoliberal para simplificar los trámites del proyecto y obviar la consulta a los Pueblos Indígenas. Afortunadamente, este arbitrario decreto ha sido contestado, señalando el Pueblo Indígena su ilegalidad ante la Corte Suprema de Justicia. El caso sigue pendiente y a la espera de ser resuelto.


Otro desatino: la colonización no indígena de los territorios indígenas  es una agresión colonialista grave, todavía no subsanada por las autoridades de Costa Rica. Dicha colonización se vuelve aún más  condenable cuando se hace de manera violenta. Preocupa que el Estado costarricense no haya tenido la voluntad política para asegurar el cumplimiento de la ley que, en este caso, es para proceder al desalojo legal de los invasores no Indígenas que usurpan tierras sometidas a un tratamiento jurídico especial, cuestión claramente estipulada en acuerdos internacionales adquiridos y ratificados por el país con rango de mandato constitucional.


En todo caso, conviene subrayar lo siguiente: que la justicia debe ser siempre pronta y cumplida, una máxima que debe tenerse como la medida para juzgar la eficiencia de un Estado en relación con sus obligaciones internacionales, particularmente aquí con los derechos humanos de los Pueblos Indígenas. Esta barra de excelencia es la mejor manera de medir, éxitos o no, las políticas públicas que buscan cumplir con dichas obligaciones.  


Conviene reiterar nuevamente lo siguiente: Costa Rica es un caso muy interesante por la proclividad de su Estado para firmar y ratificar toda clase de convenios internacionales para la protección de los derechos humanos de los Pueblos Indígenas. Se entiende, por supuesto, que el Estado no es un todo monolítico y que en un régimen democrático se divide en varios Poderes e independientes entre sí.


En consecuencia, a la hora de analizar el rendimiento de un país en una democracia y en materia de derechos humanos, es muy importante señalar cuál Poder en dicho Estado ha sido el más responsable y cuáles lo son menos. A la hora de la hora es el Poder Ejecutivo el que en Costa Rica mejor ha respondido a los desafíos que el tema sigue planteando. La mala nota, muy por debajo de lo logrado por el Ejecutivo, se la lleva la Asamblea Legislativa.  En grado intermedio, pero con calificaciones superiores a las del Parlamento, se encuentran los Poderes Judicial y Electoral del país.


Cabe decir que la mala calificación de la Asamblea Legislativa  es lamentable si se toma en cuenta que dicho órgano es el “primer poder de la república” donde la soberanía del pueblo es depositada. El hecho de que el órgano popular y deliberativo por excelencia sea el que tenga más resistencias merece un análisis aparte. Baste, al menos, dejar reiteradas las siguientes dos preguntas: ¿cuánto de la lentitud institucional tiene un componente cultural racista, consciente o inconsciente, capaz de entorpecer el cumplimiento de una legislación esencial que demanda cumplimiento?, ¿cómo es que el proyecto económico neoliberal global y el racismo anti-indígena se expresa en Costa Rica?


Resulta penoso para un costarricense, como el que esto escribe, el haber leído en el exterior, sobre los violentos incidentes acaecidos el 25 de diciembre del 2018, en la Comunidad Indígena de Bribri en Salitre, Puntarenas. El Consejo de Mayores Iriria Jetchö Wakpa, órgano de gobierno Bribi que administra el área,  hizo del conocimiento público un comunicado, denunciando que dos rancheros no indígenas, acompañados de unos diez matones, se apoderaron de una propiedad con la finalidad de posesionarse de ella. Por unas horas mujeres y niños fueron retenidos  por los intrusos, y cuando los policías llegaron, éstos no cumplieron a cabalidad con el deber de proteger la posesión de la tierra de los Bribris en territorio indígena. Sirva este artículo para solicitarle al presidente Alvarado una investigación sobre esta lamentable denuncia.  


viernes, 11 de enero de 2019

El "Grupo de Lima": una pésima junta




Venezuela no tiene que ser un frente diplomático para Costa Rica. Nada gana Costa Rica estando en el “Grupo de Lima”. Si Costa Rica tuviera que decir algo, debería hacerlo donde corresponde: dentro de los canales formales del sistema interamericano de justicia. Y lo ha hecho y lo sigue haciendo. Entonces, con más razón, este Grupo no justifica nuestra participación en él.

En nada contribuye a los intereses de todos los costarricenses nuestra presencia oficial dentro del “Grupo de Lima”. Todavía más: el hecho es una  aberración, un sinsentido, contrario a una política de Estado seria y coherente sobre cómo normar las relaciones entre Estados soberanos. Pero, además, ¿cómo siquiera congeniar con la peste de Bolsonaro?

El “Grupo de Lima” es un frente ideológico con hegemonía de una derecha nada ilustrada, burda y antojadiza, que le disputa el territorio político de América Latina y el Caribe  a otro engendro fatal: la izquierda represiva, autoritaria y hueca.

La bronca de ellos es entre ellos, no es nuestra.  Ridículo es, a todas luces, darle órdenes al mafioso cartel de Miraflores, y resulta estrafalario indicarle al dictador que le entregue el poder a sus enemigos. Nuestro norte, en relaciones exteriores, es el centro, la moderación y la prudencia, con una sobrada malicia.

Lamentablemente, no solamente Costa Rica, la democracia más ejemplar y duradera de América Latina, sino también Canadá, cuna de libertades y de progreso, han cometido el desacierto de haberse matriculado en dicho Grupo, que no es otra cosa que un velado irrespeto a todos los bloques que conforman la diversidad política en el seno de la OEA. Esa es la razón por la que dicho grupo es un rejuntado: una combinación de democracias respetables con otras que son parias.

Sea como sea, fue el mismo día en que Maduro se juramentó para su nuevo mandato, que la OEA votó favorablemente una resolución, en votos dividida, para no reconocer al nuevo gobierno de Caracas.  Es lo que es, no me parece contraproducente, pero Costa Rica debió de abstenerse.

Los criterios de México y Uruguay los juzgo atinentes, mesurados y constructivos, para bien del sistema de convivencia interamericano. Subrayaron estos países el deber de no abandonar los ejes de la no intervención y los del uso de los canales diplomáticos adecuados que permitan, ciertamente, enfrentar a los regímenes díscolos que violentan los derechos humanos y el libre ejercicio de la democracia.

Nuestro país, por sus virtudes, es vulnerable por no tener ejército y por ser profundamente democrático, por ser modesto y por ser pequeño, por tener vecinos autoritarios, y todas ellas son razones para contar con una doctrina en las relaciones exteriores profundamente apegada a Derecho, institucional, conservadora y consecuente.  

Nuestra debida ortodoxia tiene una piedra fundacional sólida: el principio de la no intervención en los asuntos internos de otros Estados. Dicho principio nos conviene alabarlo, mantenerlo y practicarlo, sobre todo por las condiciones políticas de fragmentación y poca integración que subyace en el continente americano.

El caso europeo es muy distinto. El mismo ha permitido -merced a su evolución social- “la interferencia mutua en los tradicionales asuntos internos, la creciente irrelevancia de las fronteras y la seguridad basada en la transparencia, la independencia, la apertura y la vulnerabilidad mutuas”, com bien se ha dicho. Pero lo que es bueno para Europa no es bueno para América.

La América contemporánea, particularmente la ubicada al sur del continente y la que abriga al Caribe, puede recordar a la Italia de Nicolás Maquiavelo: división, traición, corrupción y una lucha desaforada por el poder. El canibalismo político en nuestra región es ostensible y grave. Costa Rica no tiene espacio para confiar en nadie y, a la vez, tiene la prioridad de cultivar las mejores relaciones diplomáticas posibles, en primer lugar, con los Estados Unidos y el resto de los Estados del área americana, sin dejar nuestro país de tener voz propia e intereses nacionales propios.

¿Cuál es el mayor de nuestros intereses, adentro y afuera? No hay duda que la paz. Y con la paz sus alas: la democracia y la equidad social. Dicho lo anterior, también es cierto que Costa Rica no debe ser el recadero de nadie, que Costa Rica no puede andar por el mundo, menos en nuestra región, “evangelizando” a gobiernos ásperos y furiosos con las virtudes de la democracia, la honestidad y la transparencia. Suficiente es con tener al tirano de Ortega a la par.

El prestigio de Costa Rica no es omnipotente ni disuasivo; por ello mismo, nuestra política exterior camina mejor bajo el alero de una ortodoxia pujante y discreta, o, mejor dicho, humilde, enfocada en lo estratégico, y sin histriónicas proclamas, porque no somos, ni en sueños, alma de toda América, menos de sus desvelos. Con Nicaragua se ha navegado con prudencia. Es un vecino incómodo que podría invadirnos y que nos obliga a una diplomacia especial, siempre dentro de la legalidad del sistema interamericano. Nuestro interés internacional debe de ir encaminado a preservar, defender y aumentar lo que nos es sagrado: nuestra paz, nuestra democracia y nuestras libertades. El “Grupo de Lima” no nos conviene, no va con nosotros, y debemos abandonarlo por la misma puerta por donde entramos ligeramente.

Con la victoria de Bolsonaro, la situación se pone color de hormiga. Es capaz que a este lunático le da por invadir Venezuela. Y nadie en sus cabales querría eso. Las relaciones con Venezuela son de Estado a Estado y ello es independiente de la química entre gobiernos. Costa Rica no tiene que andar firmando papelitos y recados indicando lo que pueden o no hacer gobiernos ajenos a nuestro espacio político. Si un gobierno extranjero se queda o se va no es asunto nuestro; son sus connacionales quienes deben decidirlo.

A Costa Rica le conviene emular la posición de México, enarbolando el principio de no intervención en los asuntos internos de otros Estados. Bien se sabe que López Obrador no simpatiza con Maduro e hizo bien en no unirse en suscribir la resolución del “Grupo de Lima”, porque lo último que quiere México es que Estados Unidos le aplique medidas intervencionistas. Las dictaduras de Cuba, Venezuela y Nicaragua caerán por su propio peso y el final de ellas será obra de sus propios pueblos. Para nosotros lo mejor es decirle adiós al rejuntado de Lima porque, además, en sus entrañas, habita lo impresentable.

El rejunte de Lima cuenta en su haber a un conspicuo forajido, y hablo de Juan Orlando Hernández, presidente de Honduras, quien usurpa la presidencia. Es este siniestro personaje un déspota consumado, que impuso su voluntad a través de un descarado y sonoro fraude electoral, con la perversa complicidad de los Estados Unidos.

Como si fuera poco, el tal JOH, bandido de alto calibre, de quien se sospecha tiene lazos con su hermano, el narcotraficante Tony Hernández, hoy bajo arresto y en manos de la justicia estadounidense, es el responsable principal del éxodo masivo de miles de hondureños a norteamérica. Juan Orlando Hernández, de semblante corrupto y de corazón estafador, merece la cárcel y el destierro, ojalá en alguna de esas gélidas prisiones siberianas.  

Deseable sería, en cualquier caso, que el nuevo canciller de nuestra Costa Rica, el distinguido y apreciado don Manuel Ventura Robles, jurista encomiable, pudiera sopesar los graves inconvenientes de formar parte del “Grupo de Lima”. Porque, ¿cuál es la gracia de andar “evangelizando” a gobiernos irredentos y a podridos patricios?

https://www.elpais.cr/2019/01/10/el-grupo-de-lima-una-pesima-junta/

martes, 8 de enero de 2019

La vía costarricense a la democracia (segunda parte)

En la primera entrega de este ensayo se presentó un esbozo de la trágica negación de la Democracia de parte del socialismo estalinista y del socialismo hitleriano. Ambos socialismos fueron críticos de las democracias liberales, consideradas por éstos como absolutamente decadentes e incapaces de materializar el “paraíso” debido a los pueblos del mundo. Me extendí con el estalinismo por ser una corriente política que tuvo mucha influencia en América Latina y el Caribe. En esta segunda parte, propongo una serie de “disparadores” sobre la Democracia que puedan servir para animar una conversación honesta sobre la Democracia y, en particular, sobre la democracia costarricense, a propósito de la cercanía en el 2021 del bicentenario de la independencia patria.

La Democracia y la II República
Propongo (no decreto) de que, en efecto, sí existe una vía costarricense a la democracia, con características propias. En el 2021 se cumpliran 200 años de vida independiente y de una rica experiencia republicana.  Ya se cumplieron 70 años de tener una democracia sin ejército, es decir, casi un tercio de tiempo desde 1821. 70 años sin golpes de Estado ni dictaduras. Sobran las razones para asombrarse y causar asombro en el mundo, porque la humanidad sigue siendo políticamente violenta.  No es para desdeñar el esfuerzo de una sociedad, como la nuestra, que no ha permitido que la economía del sufrimiento bélico engendre retablos de horror. El aquietamiento de la violencia política, practicado por décadas, es ya una virtud política y moral. Una sociedad es más amiga de la felicidad cuando  aprende a sufrir menos, cuando le ha dicho adiós a las armas.

La década de los 40 del siglo pasado señaló lo que hoy somos. A principios de dicho tiempo, una coalición comunista, católica y burguesa legisla las garantías sociales que hoy conocemos; pocos años después estalla una guerra civil cuyo bando vencedor, el anticomunista, funda la II República, que lejos de convertirse en un foco reaccionario, se convierte en propulsor de un Estado Social que modernizó al país,  y estimuló el ascenso social, dando pie a una significativa clase media.

Es curioso afirmar que los derrotados en 1948 no lo fueron del todo, pues lo que habían conseguido en términos de garantías sociales, ellas mismas fueron incorporadas  al proceso fundacional de la II República. La Revolución de 1948 fue una revolución en su mejor significado, situación que debe considerarse un parteaguas histórico fundamental de transición entre una Costa Rica antigua y otra moderna, emergente en dicho trance. No deja de ser interesante señalar como dos bandos antagónicos lograron acoplar, quizá sin sospecharlo en toda su dimensión, dos proyectos de sociedad que juntos lograron complementarse. No es el propósito de este corto ensayo ahondar sobre la Revolución del 48 (reconozco que hay una tendencia de estudiosos que la llaman “guerra civil” y no “revolución”) porque lo que estoy tratando de exponer son las repercusiones políticas de una época en el desenvolvimiento de nuestra democracia. Porque dos resultados saltan a la vista como productos de dicho periodo: el establecimiento de una democracia estable y la irrupción de una paz duradera.  Ambos logros contaron con el aporte de una garantía fuera de serie: la proscripción del ejército. El pueblo de Costa Rica debe de ejercitar su asombro frente a estos hechos; su disfrute se ha vuelto moneda común, y ello es maravilloso, pero no en detrimento de la capacidad colectiva de apreciación y de asombro.

Una cosa parece cierta: Costa Rica ha caminado desde el 48 a la fecha sin conciencia de la II República, asunto que dice mucho del ánimo poco mezquino de sus fundadores. Sin embargo, al acercarse en el 2021 el bicentenario de nuestra independencia, parece obligado hacer una evaluación de ella en relación con el tema que nos ocupa: la Democracia. Al efecto, solamente se ha de subrayar, en esta ocasión, algunos pocos aspectos fundamentales que explican los contornos y vigencia de nuestra democracia.  

Después de todo, contamos con décadas exitosas de paz política y de elecciones ininterrumpidas. La vía costarricense a la democracia es un hecho constituido e institucionalizado, es decir, no se está frente a un dato hipotético,  sino ante una larga praxis democrática que necesita pensarse y reevaluarse como nunca antes.

Cobra esto último mayor significado en tanto se reconoce que la sociedad costarricense tiende solo a vivir su democracia, sin dedicarle siquiera un modesto tiempo para evaluarla, redimensionarla y transformarla en un fenómeno mejor. No otra cosa puede ser la democracia sino obra de los pueblos y, por ello mismo, urge de ellos una reflexión colectiva sobre el tema, una que tenga un cariz creativo y poco complaciente.  

La abolición del ejército en 1948, consagrada en el artículo 12 de la Constitución Política de 1949, es la mayor novedad política del país.  Los costarricenses estamos habituados a vivir sin ejército y casi es inexistente el fervor sentido por tan extraordinaria hazaña. La Constitución de 1949, no solamente nos blindó del militarismo, sino que también construyó el andamiaje político-jurídico del Estado social, aparte de esparcir un gusto popular por las libertades fundamentales del ser humano.  

Felizmente la abolición del ejército coincidió, unos días después, con el nacimiento de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.  Costa Rica tiene, desde entonces, su propio proyecto político, aparte del de la Revolución Cubana y aparte de el de las dictaduras filofascistas en América Central, Suramérica y del mismo México con su PRI.

Costa Rica navegó, diríase que invicta, los infernales mares de la Guerra Fría. Ello le permitió a la nación invertir en infraestructura, salud y educación. La paz política del país es, sin duda, nuestro mejor activo humano e institucional. En los próximos párrafos compartiré unas reflexiones sobre la Democracia en relación con una tríada esencial: libertad, cultura democrática y derechos humanos.

Lo que más aflige al ser humano
En el fondo, lo que generalmente más aflige al ser humano no es otra cosa que la injuria que causa la pobreza. Cuando no hay un techo seguro, cuando en una familia el alimento escasea y cuando la esperanza se convierte en amargura, no otra cosa vive el pobre que su desventura. Y en nuestra patria hay mucho de ello y demasiada pesadumbre, pues aparejada a la pobreza crece un ánimo de desesperanza multiplicado por mucho, sobre todo, en las zonas costeras de nuestra geografía y en las míseras barriadas de la ciudad.  Una de las misiones centrales de nuestra democracia es la remediar dichos cordones de pobreza.
Una democracia que se precie de ser social, siempre tendrá ella como consigna fundamental la aspiración del pueblo a la movilidad social. No hay duda que la mayor presea que un programa político le puede ofrecer a un pueblo no es otro sino el de la movilidad social. Ello le demanda al político un plan, un modelo de economía que no será mágico sino progresivo. Pero la esperanza tiene que estar ahí de manera muy manifiesta y explícita, traducida también en el lenguaje vernáculo de las masas.  

Somos una nación modesta, con un ingreso per cápita mediano, que ha optado por la estabilidad democrática, y que en las últimas décadas ha tenido la dicha de caminar con su experiencia sin los sobresaltos del militarismo y los golpes de Estado. Para la mayoría de las gentes del mundo esto constituye -para nosotros- una bendición inconmensurable.

Una criterio para medir a nuestra democracia
Hay naciones que deben empezar de cero para construir sus democracias. Costa Rica, no. Ya llevamos mucho trecho recorrido. No obstante ello,  la democracia nunca debe considerarse obra terminada, porque es como la Libertad que no entiende de fronteras ni de confines. La democracia es apenas una de las necesidades de la libertad social y como ésta ella se encuentra siempre en constante ebullición y construcción.  

No se vale la autocomplacencia cuando nos comparamos con naciones no tan afortunadas. Que la estatura de nuestra democracia se mida con una vara propia y singular, una que se atenga a nuestras potencialidades, es lo que nos conviene; que no nos inunden aires de superioridad, ni tonteras chauvinistas, es un recordatorio que nunca sobra. Lo nuestro es con nosotros mismos; no es asunto del hermano mayor, tampoco asunto del hermano menor. Brillemos los costarricenses con luz propia.

La violencia
No es que vivamos tiempos violentos; es que todos los tiempos son y han sido violentos.  La violencia es un material, entre los fundamentales, con el que la historia de la humanidad se ha construido a la fecha; lo dicho no es, sin embargo, motivo alguno de celebración, sino dolorosa constancia de un hecho puro y simple. Sin embargo, asiste al ser moral, pensar que no debe ser así. Porque la violencia engendra dolor, una pauperización del alma colectiva.

Cuando menciono la palabra “violencia”, me refiero a una en particular: a la violencia política. Ella parece provenir de una cierta predisposición natural que nutre una celosa exclusividad, en esencia tribal y territorial, por el que una colectividad mata y muere. Sin propiedad, sin tribu y sin territorio, estas reflexiones no serían necesarias, menos serían un asunto de la Democracia tal como la conocemos hoy.

En todo caso, son muchas las tribus, muchos los territorios, e incontables los recursos naturales en disputa.  Llámese la tribu, por ejemplo, Estados Unidos, China, India, o Rusia, cada una de estas tribus mayores se encuentran   repletas de más tribus en su interior. Ya se comprenderá la razón, para decir lo menos, por la que se considera al humano un animal muy “incómodo” por naturaleza. La Democracia nos abriga mejor en un mundo desdichadamente hostil, en un mundo donde el soldado importa más que el maestro.

La Democracia no es una promesa  
La Democracia no conlleva como portaestandarte un planteamiento optimista. Tampoco es pesimista. No es la promesa de un final idílico. No hay final, no hay idilio.  Sabe que el paraíso es una quimera, que ofrecer el paraíso es una irresponsabilidad y que imponerlo un crimen. La Democracia no es necesariamente el equivalente de la igualdad y la justicia. No es ella una varita mágica. La democracia contemporánea es un concepto (no necesariamente reflejado en la realidad)  que invita a ser encarnada por el ser humano conforme a sus posibilidades históricas. La Democracia nunca es idéntica a sí misma; nunca vive quieta, evoluciona o involuciona. La Democracia es un acto intencional, un acto buscado y querido. La Democracia no nació para ser contemplada pasivamente sino para ser ejercitada. La Costa Rica del Bicentenario debe hacer una pausa y meditar en ello.

Cuando las demandas democráticas se convierten en ley, sea cuando se institucionalizan, ya crea el desafío de su propia superación. Hoy el matrimonio igualitario, por ejemplo, es una demanda que busca una nivelación social dentro de la institución monogámica del matrimonio.  

La Democracia y la inclusión del prójimo
La democracia institucional nunca es una democracia realizada. Ella nunca se cansa de tocar a la puerta. Siempre se preguntará quién o quiénes  han quedado por fuera de la nueva resignificación. Una democracia saludable se cuestiona a sí misma, se mira al espejo y se siente insatisfecha. La Democracia es y siempre será una aspiración y nunca un libro acabado. Su pulsión deriva de las necesidades de la Libertad, de los efectos que  produzcan los desvelos y debates que tengan entre sí los miembros de una sociedad. En fin, dicha pulsión dependerá del nivel de la cultura democrática que la nación exhiba.

Una Historia de la Democracia podría demostrar que una de sus características radica en su vocación para ensanchar o ampliar la responsabilidad de la gente en los asuntos públicos. La Democracia brilla ahí cuando desafía sus propios límites e incluye a nuevos sujetos históricos.  

La sola proposición de que todo ser humano es igual en decoro y en derechos por tener una dignidad que le es propia, inherente a su condición de humano, es una abstracción que fue imposible de concebir como norma general en casi toda la historia de la humanidad.  La democracia moderna recién ha nacido, todavía habrá de gatear durante mucho tiempo más, quizá siglos, pero siendo optimista y sin importar el cúmulo de conflictos que enfrente, se espera que se distinga por su progresividad, su vocación inclusiva y su visión amigable de la  otredad y la paz. La ética de la Democracia es, entonces, el prójimo.

Los tiempos de la democracia
La Democracia, como norma deseada de comportamiento general entre las naciones, debe de incluir entre sus metas la consecución de la paz en todas partes.  Es una aspiración que debe transmitirse de generación en generación, de siglo en siglo. La Democracia se cuece a fuego lento y es de lentitud desesperante para el mortal que en toda la puesta en escena vive menos que un instante. No obstante ello, los “impacientes”, en sus diferentes versiones, han sido grandes protagonistas de la Historia, unas veces para bien y otras veces para mal.  

La paz democrática universal no es una posibilidad que exista a la vuelta de la esquina, tampoco se insinúa en el mediano plazo; es una eventualidad que se anuncia todavía remota en el horizonte de las posibilidades que, sin embargo, urge del más decidido activismo presente en aras de su promoción. Por lo que siempre habrá responsabilidades presentes, casi todas urgentes. La lucha para hacer avanzar la causa de la Democracia es también una lucha moral que es hija del tiempo presente.  No importa cuán lejana se encuentre en el futuro una particular visión democrática, lo cierto es que las tareas de su construcción no desaparecen en el tiempo inmediato.

El origen de la Libertad ahora como problema democrático
La Libertad no es una feliz idea, es una necesidad que puede terminar siendo feliz.  Una necesidad que nació desafiando la muerte, una necesidad envalentonada  frente a las inclemencias de la naturaleza, una necesidad que nació en la caverna. Fue también una necesidad hecha rebelión para  defender el propio cuerpo físico de la dominación social, y una necesidad para defender el alma de la humillación. La búsqueda de la Libertad se introdujo como la mayor de las preguntas de la Historia; paradójicamente la Libertad no es una opción, sino una imposición (fatalidad si  se quiere) propia de nuestra evolución biológica y de nuestra aleatoria constitución psíquica.

Cultura democrática y lo antinatural de la Democracia
Se afirma que la democracia no se cubre de manteles largos si su sustrato, la ciudadanía, no se compone de individualidades más o menos democráticas, o , cuando la cultura democrática de la nación carece de la universalidad que ella requiere. Dicha cultura existe en nuestro país, pero todavía se encuentra lejos de ser óptima o suficiente. Ciertamente la democracia es hueca sin justicia social; porque no se ha de aspirar a cualquier democracia, sino a una que propicie la emancipación social y la equidad económica.

La cultura democrática es aprendida. La gente no tiene un instinto democrático innato; no nacemos anhelando dejar de lado nuestros propios deseos en favor de las decisiones de la mayoría. La democracia es un hábito adquirido. Al igual que la mayoría de los hábitos, el comportamiento democrático se desarrolla lentamente, con el tiempo, a través de la repetición constante. Es decir no somos demócratas por naturaleza; es más, por naturaleza somos ciertamente lo contrario de ella.  Y este hecho es el mayor obstáculo en la construcción cultural de una democracia.

La Democracia y su mesa
Desde que los griegos de la Antigüedad concibieron como buena la participación de los Demos en el gobierno de la ciudad, sus ciudadanos (entonces una categoría muy restringida), aprobaron la incipiente idea del gobierno del pueblo, uno capaz de dirimir las contradicciones de la polis a través del voto mayoritario o por sorteo, como ocurría en la Grecia de Sócrates.

Una Historia de la Democracia podría demostrar que una de sus características radica en su vocación para ensanchar o ampliar la responsabilidad de la gente en los asuntos públicos. La Democracia brilla ahí cuando desafía sus propios límites e incluye a nuevos sujetos históricos.  

A la mesa de la Democracia no a todo el mundo se invitó y no siempre, para quienes llegaron, la mesa estuvo servida. La Democracia no es una dulce historia; es una historia signada por picos de mucha violencia, por graves retrocesos y esperanzas fallidas.  Pero también es una de las cumbres en el sobrevenir histórico de la humanidad. Quizá sea la mejor oportunidad para dejar atrás (en algún futuro probablemente lejano) la pérfida costumbre de la guerra y del despojo material, y la pesadilla del consumo ilimitado de los tétricos poderosos.

La Democracia y la inherente dignidad del ser humano
La sola proposición de que todo ser humano es igual en decoro y en derechos por tener una dignidad que le es propia, inherente a su condición de humano, es una abstracción que fue imposible de concebir como norma general en casi toda la historia de la humanidad.  La democracia moderna recién ha nacido, todavía habrá de gatear durante mucho tiempo más, quizá siglos, pero siendo optimista y sin importar el cúmulo de conflictos que enfrente, se espera que se distinga por su progresividad, su vocación inclusiva y su visión amigable de la  otredad y la paz. La proeza democrática de Costa Rica es invaluable y la gran mayoría de sus habitantes no lo saben aunque la vivan. Llegó la hora de registrar dicha proeza en las coordenadas de un discurso consciente nacido de la reflexión, porque hay que salir del letargo mental que induce a creer que nuestra democracia es una aparicion magica  y no fruto del empeño consciente.

Conflicto y Democracia
La naturaleza toda es encuentro y desencuentro, choque y acomodo, en su más puro sentido ontológico.  En el pensar humano la necesidad de la Libertad es conflicto permanente, sea poco o sea mucho, porque siempre, invariablemente siempre, enfrenta  problemas que piden ser resueltos.

Esta cualidad de la vida humana (la de preguntar y resolver) nace también con la propuesta de la Democracia.  La Democracia es por su naturaleza una de conflicto permanente y una respuesta frente al conflicto permanente. El conflicto puede darse sin democracia, pero  la Democracia no sería tal sin conflictos, porque los conservadores la prefieren como está configurada, con pocos cambios, sin nuevos paradigmas; porque los reaccionarios quieren que retroceda, abanderando ellos la exclusión social y el autoritarismo; y porque los renovadores traspasan los límites o las fronteras de la democracia instituida para desafiarla y en dicha bravata ensanchar la Democracia hacia el “otro”, hacia el “invisibilizado”, y hacia el discriminado.

La vocación histórica de la Democracia es incluir; pero no se incluye con proyectos políticos que desdeñen los fundamentos de la misma.  La Democracia es contienda, sea ésta buena o mala, y acepta como deseable el resolver pacíficamente los conflictos sociales. Esta razón es muy nueva en la historia de la humanidad y bien vale la pena recalcar su novedad.

Democracia y Derechos Humanos
Repasando la historia universal puede notarse cómo se privilegió, hasta muy reciente, la idea del poder como intimidación, violencia y guerra. No es que ahora hayamos desterrado de la política tan lamentable visión. En la práctica seguimos siendo muy violentos.  Pero el punto a subrayar es otro: que por vez primera las naciones y los Estados han aceptado que la Democracia y la Paz sean objetivos racionales, necesarios y justos para la convivencia social. Arabia Saudita es, por ejemplo, una excepción a esta norma. Afortunadamente la abrumadora mayoría de naciones aceptan que la Libertad y la Democracia son bienes comunes deseables para toda sociedad sin excepción.

Lo inédito es que los mencionados y deseados principios son hoy de aceptación universal, máximas que han ido calando gota a gota en la conciencia de la humanidad.   La Declaración de Independencia de los Estados Unidos (1776), la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano (1789), la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948),  entre otros documentos, son un parteaguas colosal que en el tiempo de la humanidad apenas sucedieron, a lo sumo, hace un momento atrás. Son dichos textos, y otros muy importantes de ellos derivados, los que pautan los contenidos de la Democracia moderna.

La Democracia y las “verdades absolutas”
La Democracia práctica debe sobreponerse a toda metafísica. Una metafísica de la Democracia compagina bien en los estantes de la Filosofía. La idea de la “verdad absoluta” niega en la política el espíritu democrático de lo cívico y del gobierno. La proclividad de las “verdades absolutas” se encamina por las veredas del desprecio y la exclusión hacia el prójimo.  Las “verdades absolutas” en la política son la negación de la Democracia, y dicha negación es hiriente cuando dicha metafísica encuentran eco en las instituciones del Estado, sobre todo, en sus Supremos Poderes.

La aspiración por el Estado laico no es caprichosa; ella  busca frenar la injerencia de la metafísica en los asuntos públicos. Ciertamente los absolutismos  pululan en la vida social y de hecho se manifiestan como fuerza política: compiten en las elecciones y hasta puede que ganen.  Ante tan grave amenaza los demócratas liberales y los socialistas libres solamente tienen un remedio: disputarle con los votos y el debate ideológico el poder político-cultural a los absolutismos de toda factura.

La Democracia y el autoritarismo
Postular una “democracia solo para los demócratas” no es ninguna belleza; todo lo contrario, es un contrasentido, un absurdo autoritario, porque en el seno de las democracias perfectamente pueden incubarse perversiones autoritarias que no  deben ser censuradas en razón de los propios principios democráticos.

Cuando se habla de demócratas liberales y socialistas libres me refiero  a ellas como corrientes políticas comprometidas con los mecanismos democráticos de una nación y con el ideario liberal emancipador que dio origen a la propuesta democrática moderna, cuyo eje vivificante son los Derechos Humanos.  Por ello cabe distinguir entre el socialismo libre y el socialismo autocrático, entre el liberalismo y el neoliberalismo autoritario. El demócrata consecuente de cualquier signo político es irreductiblemente un enemigo (más que un adversario)  de toda expresión autoritaria venga de donde venga. Porque, en el fondo, la Democracia es la Libertad hecha Política.

sábado, 5 de enero de 2019

La vía costarricense a la democracia (primera parte)

La llegada al poder del pestilente Bolsonaro, el surrealismo despótico de Maduro, la política “John Wayne” del sátrapa de Ortega, el autoritarismo impúdico del trastornado Trump, y el ballet monocorde, anacrónico y represivo de Miguel Díaz-Canel, me han llevado a hacerme la siguiente pregunta: ¿Tiene la Democracia -como instrumento ideológico y político- respuestas reales ante semejante barahúnda? ¿Existirá alguna salida digna ante tan colosal caos? ¿Tiene Costa Rica activos morales y políticos para navegar airoso y sortear tanta mortal impudicia? Este modesto ensayo, dividido en dos partes, aspira a conversar, o, a iniciar una conversación, bajo el presupuesto de que la Democracia es una virtud social y razonablemente querida. Creo yo que se impone reflexionar sobre la Democracia, y en lo que intuyo es “la vía costarricense a la democracia”. Dos locos gobiernan naciones gigantescas: uno en Washington y el otro en Brasilia. No somos una isla y somos pequenos. Se impone, entonces, reflexionar sobre nuestros nortes.
Hay quienes piensan que el voto y las elecciones, más las consecuencias que de dichos procedimientos se deriven son, en su formalidad y en su ser, “la Democracia”; en otro extremo, hay quienes aseveran que la Democracia nunca lo fue para las mayorías, pues solamente se expresó y se expresa como una suerte de “estafa” que refleja el dominio general de las clases sociales dominantes sobre las subordinadas. La lira de la Democracia, según esta última arista, es una aparición espectral que disimula la lucha de clases.
Visto lo dicho en el párrafo anterior, las dos posiciones expuestas pueden y deben objetarse. Cabe decir, en cuanto a la primera, que los mecanismos y las formalidades democráticas, su doctrina y su institucionalización, son insuficientes en un entorno social desigual y sin prácticas de equidad. Honduras, por ejemplo, es una democracia en lo formal y es también una sociedad profundamente antidemocrática. Es tan antidemocrático dicho entorno social que prácticamente su Constitución Política deviene en letra muerta, dando pie a que, sobre su misma formalidad democrática, se instale la tiranía con una falsa fachada liberal. Las gradaciones suben y bajan. Unas democracias son más completas que otras; y hay las que son una total caricatura. Pero ninguna es completa ni podrá ser completa. Democracias buenas, dígase, por ejemplo, las sociales de Suiza o Finlandia, son delatadas en sus propios límites, pues la vida las confronta constantemente con nuevos desafíos y necesidades que solventar.
Nunca es juicioso olvidar que la Libertad es siempre multidialéctica, es decir, que nunca se agota en sí misma y cuyas contradicciones ad infinitum son concurrentes y mutantes. En el fondo, la vida es un escenario multicaótico. Ninguna Política se escapa de esta realidad consustancial a la Vida. La Democracia, como hija de la Libertad, tampoco escapa a la herencia de su madre, porque la Democracia es una tensión que nunca se resuelve. Pero con el caminar vamos desafiando paulatinamente, de forma colectiva, las inevitables disyuntivas conocidas e inéditas, planteadas por las necesidades de cada tiempo y que se visibilizan sin garantía alguna de destino, negando siempre ello la optimista e ingenua tesis del ascenso permanente. Los inevitables retrocesos que tanto desvelan son, paradójicamente, material ineludible del empedrado por el que transitan las aspiraciones democráticas.
En cuanto a la segunda posición a objetar, se puede contrariar al decir que la “estafa” no reside en la doctrina democrática ni en sus principios e incluso ni en la legislación, sino en las estructuras de poder, casi siempre odiosas, que se han conformado en la singularidad de cada grupo o de cada nación. En otras palabras, la doctrina democrática no se corresponde con la realidad, pero no por ello se elimina el texto inspirador. La lucha política de los demócratas es, precisamente, la de hacer tangibles -en su carne y en su hueso- las promesas libertarias insertas en el discurso y la doctrina.
La Democracia no es únicamente el conjunto de las leyes imperantes ni el traspaso ordenado y democrático de los mandos del Estado con sus funciones constitucionales; también la Democracia tiene que ver con la cultura democrática de una nación, es decir, con el acervo cognoscitivo de un pueblo sobre el valor de la libertad, la razón, la ciencia, el pluralismo y la solidaridad. Es cuando lo democrático se traduce en una visión de la Vida en su diario acontecer, y opuesta a toda uniformidad autoritaria. El consenso social sobre las bondades de la Democracia es un punto de encuentro y nunca una imposición; la Democracia se construye convenciendo muchas mentes, seduciendo sus espíritus, con los prácticos argumentos de la Libertad y la conveniencia casi perfecta de la Paz.
Hay que reconocerle, en todo, a los críticos de buena fe de la democracia liberal, el hecho de que todavía inviten a diferenciar entre las declaraciones y la realidad, con el “pero” que con frecuencia se extralimitan gravemente al subvalorar y hasta desdeñar los contenidos insertos en lo formal, descuidando su defensa, y con ello hasta justificar dictaduras como la cubana. El estalinismo y el nacional-socialismo redujeron todo a la cuestión del poder, y desdeñaron a la democracia liberal como absolutamente falaz, demagógica y explotadora. En este particular, Hitler y Stalin coincidieron plenamente. Se olvida con frecuencia que Stalin no se opuso a los nazis en nombre de la Libertad y la Democracia, sino por la casi impronunciable razón de salvar su propio pellejo de déspota frente a otro déspota. La heroica victoria del pueblo soviético en contra del fascismo no fue obra de Stalin, sino fruto del suplicio y de los sacrificios sin límites de la gente y de su Ejército Rojo. En lo militar, Stalin no fue el arquitecto de la ansiada victoria en Berlín; no otro merece dicho honor sino el Mariscal Zhukov, militar odiado por Stalin, héroe que estuvo a punto de ser asesinado por el “Padre de los Pueblos.”
Reducir todo a la pregunta de quién y cómo se detenta el poder político significó para el socialismo despótico lo siguiente: a. determinar que solamente un grupo muy reducido de personas podría guiar, desde el poder absoluto, al pueblo en su trance hacia la felicidad moral y la suficiencia material. Fue como decir: “nosotros entendemos lo que necesitan las masas y nosotros somos los únicos que sabemos cómo liberarlas”. Dicho “nosotros” es una fórmula política fatal, trágica, que deparó horrores a la humanidad de derecha a izquierda; b. que todo vestigio alternativo al modelo propugnado debía considerarse ilegal y criminal. Tanto Hitler como Stalin compartieron el desdén homicida hacia las libertades fundamentales sobre la base de las limitaciones e inconsistencias, a veces atroces, de las democracias liberales europeas.
Las falencias de las democracias liberales no debieron ser la excusa para entronizar la razón totalitaria del Estado. No es que Hitler o Stalin no hablaran de democracias y libertades; de hecho ambos -como si hubieran sido hermanos gemelos- proclamaron sus “versiones” como las “verdaderas”, como las “no formales”, denunciado la hipocresía colonialista de las democracias liberales europeas. La crítica no estuvo exenta de hechos comprobables, sobre todo, en lo que respecta al colonialismo inglés y francés. Pero dicha crítica fue monstruosa en sus intenciones y consecuencias. Sirvió, entonces, para justificar genocidios propios, sufrimientos insospechados. La versión de democracia de Stalin se destruyó bajo la sacrosanta abstracción de “internacionalismo proletario” y, la de Hitler, en un lema supremo: “Ein volk, Ein Führer, Ein Reich”.
Imponer una interpretación propia y unívoca de lo que es y no es la Democracia es algo propio de un dictador que se apoya en la exclusión del “diferente” o en el oprobio de las minorías. Es bien sabido que las dictaduras “iluminadas” no solamente excluyen sino que también matan y pueden llegar hasta el genocidio. Las versiones estalinistas y fascistas crearon una falsa y pérfida paradoja: en sus mentes recetaron la mejor democracia pero, eso sí, con un menú limitadisimo de libertades escogidas arbitrariamente por el directorio o el dictador.
Al convertirse la tiranía en terror ella lo hizo creyéndose benevolente, en ser la voz del pueblo, una voz protectora y definitiva, explicada por la más burda de las metafísicas. La Democracia no es asunto de dioses y diosas, ni se dirime en oráculos. Para bien o mal, la Democracia se hace en consulta con los pueblos. Si hay un lugar donde conviene ser ateo es en la política. En política todos los dioses son falsos. Cuando un político invoca “el alma de los pueblos”, “la pureza de los conciudadanos”, “el Destino Manifiesto” o un supuesto “glorioso pasado”, implora peligrosos fantasmas, los más fieros, los más siniestros.
En todo caso, en lo que toca a la democracia liberal europea, siendo la inglesa y la francesa las más emblemáticas, ciertamente no propagó la democracia en sus colonias y se comportaron como gendarmes imperialistas de sus élites capitalistas. Este hecho demostró las carencias asfixiantes de la democracia en un estadio particular de su desarrollo en las metrópolis, al haber heredado ellas el ignominioso fardo del colonialismo en Asia, África, Oceanía, América y en la propia Europa donde la cuestión irlandesa databa de muchos siglos atrás.
La democracia liberal europea adquirió forma en la talla de una paradoja: iluminó únicamente una porción pequeña de su patio para asegurar la hegemonía de los estamentos burgueses y de la raza blanca, no solamente en las colonias, sino también al interior de sus territorios, frente a las clases y estamentos subordinados. Frente al racismo, la explotación económica y el sometimiento militar, los pueblos del Tercer Mundo resistieron y se insubordinaron frente a tan inhumano dominio, dilatando con ello los límites del discurso democrático y el de sus posibilidades.
Igualmente los trabajadores en todas partes del globo empujaron -a veces con éxito y otras veces sin él- el ensanchamiento de nuevos contenidos y fronteras democráticas. Lo que en no pocos círculos se denomina como “movimiento obrero internacional” no fue otra cosa que la suma, en lo fundamental, del esfuerzo comunista, socialista y anarquista que hizo posible las grandes reformas sociales del siglo XX con demandas democráticas fundamentales. Por “comunismo” se ha de entender la praxis de poder del socialismo real, que no otra cosa fue que el estalinismo, toda una categoría en sí misma en la historia política del siglo XX.
La Revolución Bolchevique de 1917, con sus aspiraciones democráticas, fue tempranamente liquidada; Stalin se hizo de un poder unipersonal y se hizo cargo del prestigio y la influencia que el comunismo tuvo entre las masas del planeta. De ahí que la agenda del comunismo de Stalin supeditara lo internacional a los intereses de él y su zarismo soviético. Lo trágico sucedió: el pujante movimiento obrero del siglo XX, una parte fundamental del mismo, cayó preso de la lógica inconsecuente del Kremlin. La embarcada fue monumental. Incontables almas buenas, incontables intelectuales comprometidos con la justicia, incontables sueños de juventud, remaron con sus versiones sinceras de militancia a la par de la falsificación estalinista de la historia, la mayor del siglo XX.
Fue el estalinismo el mayor engaño del siglo XX. La mayor estafa a escala planetaria, y la mayor trampa donde se hizo triza el gesto amable por la justicia. En retrospectiva, el daño de Stalin fue inconmensurable. Las hordas hitlerianas nunca ocultaron su nacionalismo pestilente, su desprecio por el prójimo y su inagotable sed de conquista. La propaganda de Stalin, en cambio, fue un travestido de ecos revolucionarios legítimos que, en la práctica, el régimen soviético maldecía, perseguía y aniquilaba. Ello causó la mayor confusión, el peor mal entendido desde los tiempos de Babel. Millones de trabajadores en todo el mundo se fueron de bruces, millones de engañados entonaron con fervor La Internacional. A la izquierda, anarquistas, socialdemócratas y trotskistas se resistieron a beber la pócima venenosa de Stalin; los trotskistas, empero, nunca pudieron comprender que la maldad del zarismo soviético (más específicamente ruso) tuvo en el mismo hecho de la Revolución de Octubre, en el bolchevismo de Lenin, el germen de lo que llegaría a ser una catástrofe humana.

Las deudas con los Pueblos Indígenas

El etnocidio universal continuado de los Pueblos Indígenas, ya de muchos siglos, no se ha detenido y Costa Rica debe reparar hoy sobr...