domingo, 26 de agosto de 2018

La guerra contra la cultura democrática o la sociedad decente

Una sociedad decente no solamente se nutre del cúmulo de sus instituciones democráticas, de las dinámicas y formalidades que ellas contengan; la sociedad decente también aspira a tener entre las masas una profunda cultura democrática.
La democracia no tendrá sostenibilidad ni legitimidad al pasar del tiempo, si la cultura democrática se deteriora, si nuestros hábitos democráticos se corrompen y olvidan.  
Cuando el pueblo, o parte de él,  empieza a alardear de su propio analfabetismo en el tema democrático, cuando dicho analfabetismo se pavonea, con su hiriente plumaje, y aspira a convertirse en el árbitro del destino patrio, Costa Rica se encuentra, entonces, en un peligro mayor que el imaginado. “Negras tormentas agitan los aires, nubes oscuras nos impiden ver. Aunque nos espere el dolor y la muerte, contra el enemigo nos llama el deber. El bien más preciado es la libertad, hay que defenderla con fe y con valor (...)”, dice un conocido himno libertario.
La actual situación de analfabetismo político, de injuria contraria a los valores democráticos, existe en sectores no pocos de nuestra población. El hecho no es grave sino gravísimo. Lo ilustró el patético comportamiento de centenares de trogloditas, ávidos de circo y de leones.  Son tan ignorantes, tan despiadadamente burdos, que nada racional ni de bien pudieron exhibir. Pero son peligrosos. La ignorancia siempre lo es (peligrosa), e incrustada entre las masas se transforma en epidemia ruin y en calamidad mugrienta.
No de otra cosa se alimenta el fascismo, sino de la carroña vertida en las superficies de la descomposición social, causando un odioso caos semántico.  La palabra pierde, entonces, todo significado de realidad hasta convertirla en un macabro carnaval, que bordea la esquizofrenia y el frenesí por la maldad y hasta por el crimen.
El lumpen urbano, y sus aprendices, no saben todavía que son fascistas, pero actúan y caminan como fascistas, hasta el día en que el demagogo los organice, les compre el alma y los alimente con más basura. Entonces, el caudillo populista los coronará “fascistas”, y merecedores de tan siniestra unción.  
No siempre cultura e instituciones democráticas van de la mano, juntas, en armonía. La disparidad entre ellas puede llegar a ser abismal. Cuando el pueblo o parte del pueblo se transforma en gentuza y turba, en vulgo amurallado por el odio y la ignorancia, ello indica que boquetes perversos se han abierto en la siempre vulnerable epidermis de la libertad y de sus instituciones políticas.
Es así como la democracia empieza a parir agonía. Es así como el escudo de los derechos humanos, la más formidable conquista jurídica de la humanidad,  es víctima de ultrajes, agravios y desprecios.
En efecto, hay toda una ofensiva -encabezada desde Washington- para decretar, si no la muerte, sí la naturaleza intrascendente del derecho de los Derechos Humanos y de su fundamento doctrinal.
Son malos los tiempos que corren hoy, con la libertad herida y vejada, con la dignidad de la humanidad pisoteada, como para que nuestra nación no tome nota de ello. No es casualidad que aparejada a la xenofobia hayan brotado la homofobia y la misoginia de manera tan estruendosa como ahora.  Tomemos nota seria de tan múltiples amenazas.
Costa Rica vive hoy una etapa muy crítica. Como nunca antes -después de la guerra civil de 1948- las instituciones democráticas del Estado se han deteriorado tanto; y como nunca antes la cultura democrática de nuestro pueblo se ha encontrado en jaque.  En estos dos frentes de batalla se abrieron profundas heridas. Nuestra democracia hoy sangra; mientras el populacho clama por la arbitrariedad y el despotismo.
Que dicha canalla sea mucha, o sea poca, no es el punto esencial a discernir; lo que importa contabilizar, como fundamental, es si nuestra nación tiene el músculo y el arresto para defender y hacer prevalecer los valores republicanos.
Importa saber si nuestra nación tiene las reservas democráticas para triunfar. Importa saber, finalmente, acerca de la corpulencia cívica y ciudadana, para  combatir a quienes pretenden palidecer, y hasta exiliar, los valores de la libertad y los derechos humanos; juridicidad ésta sin la cual hoy sería imposible hablar de democracia y de  ética democrática. No podemos, bajo ninguna circunstancia, dar por legítimo el debate que ponga en duda nuestra humanidad y la del prójimo. Al respecto, cero tolerancia.
No se confunda el deber que tiene Costa Rica de procurar soluciones, conforme a la ley,  a la crisis migratoria; y no se confunda dicho deber con los llamados al odio en contra las familias nicaragüenses. Este “criterio” es  criminal y ajeno a toda cultura democrática, es contrario a nuestro estado de Derecho y a los más preciados principios de justicia y concordia.
Se marchó, el pasado sábado, no solamente en desagravio a las familias nicaragüenses. Se marchó, también, por los costarricenses, por nosotros mismos. No debemos permitir más boquetes en el navío de nuestra democracia. Hay que exigir de nosotros mismos un poderoso renacimiento de la cultura democrática, un nuevo amanecer en la conciencia ciudadana. Sin cultura democrática somos nada. La xenofobia es sinónimo de tiranía, y de afrenta a lo que siempre debemos ser: un pueblo de sólida cultura democrática.
La vida del inmigrante no es fácil, yo soy uno de ellos; no he sido ajeno a la experiencia de cargar el viacrucis del lamento,  de la herida y del silencio, como llevado muy dentro, muy recogido, y con una actitud de ojos cerrados, hasta el último rincón del alma.
No solo es el cuerpo, sino también el espíritu, el que resiente las vicisitudes del mucho o poco periplo.  Pero nos sobrepusimos y nos sobreponemos. Cruzamos al otro lado de la orilla, buscando el lado cálido y menos pesado de esta ingente travesía.  
No hay tal cosa como “el sueño americano” o como “el sueño costarricense”; no, lo que cuenta, es el sueño de uno mismo. Porque no hay sueño mayor que ése, como de suyo fue siempre el verso que declamó el Poeta Darío, lleno de una propia identidad.  
Cada uno habrá de encontrar la identidad a su modo. Yo la encontré conversando con Dios. Porque hay mujeres y hay hombres, que no solamente migran de una tierra a otra; hay también quienes migran entre las laderas y las montañas del propio corazón. Así llegué a Dios y así me bañé de su libertad.
Con Amado Nervo me digo:  Porque veo al final de mi rudo camino que yo fui el arquitecto de mi propio destino; que si extraje las mieles o la hiel de las cosas, fue porque en ellas puse hiel o mieles sabrosas:cuando planté rosales coseché siempre rosas.”
Pienso en el pescador. En Paco. Así, él, conoció lejanías y profundidades con su frente de viejo y su mirada cansada. Hombre sabio que nunca se alejó de su pequeña aldea. ¿Quién le pediría a don Paco un pasaporte si lo suyo fue brillar entre los peces? ¿Quién?  ¿Quién le podrá reprochar el haber nacido humano? ¿Quién?
¿Quién es uno para juzgar? ¿Quién es uno para pedirle factura moral a toda una nacionalidad? Simplemente es absurdo y purulento. Infame e irracional. Sería tan loco como decir “fuera todos los pecadores de mi país”. Sería manía del extraviado mental que clama por “una humanidad sin humanos”. Al grito de “fuera nicas” nuestra humanidad se desdibujó. Nuestra condición de humanos se degradó. Nuestras luces democráticas se apagaron. Y el vuelo de la libertad se truncó.  
Pasa que en la familia humana hay buenos hijos, otros, regulares, que son muy bellos e interesantes, y los hay malos y hasta los muy malos. ¿No es acaso ello el sello de la historia de la humanidad? ¿No es acaso ello la indeleble marca personal que de común nos hace humanos? ¿No acaso la cultura democrática debe partir de dicha e inobjetable realidad, para errar menos y pulir la compasión que uno se debe y se le debe al prójimo?
A las familias nicaragüenses yo les ruego perdón.
Los recuerdos me embargan.  Miro, me empapo, de unos tiernos ojos, allá entre flores y arbustos, que acompañaron al niño inocente con su pequeño uniforme de escuela pública, y me recuerdo de la mirada distraída de la niña, sin mácula, que el himno de su matria aprendió entre nosotros, tal cual las estrofas de nuestro himno mayor. ¿No es bella la ternura, no es bella la solidaridad?
A mis compatriotas: la milla extra se recorre, y con brío se recorre, cuando la justicia nos pide cabalgar, sí, sin desmayo, sus leguas de libertad; mejor todavía, sea cada galope uno de amor y cada bocanada de aire la saciedad de un deber cumplido. Defendamos la democracia con fe y con valor.  Costa Rica lo merece y vale la pena.

https://www.elpais.cr/2018/08/26/la-guerra-contra-la-cultura-democratica-o-la-sociedad-decente/


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